14 de marzo 2015, Roma

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Conocí a Nino en el avión, nos tocó juntos cuando volábamos de Madrid a Roma; Nino es de Sicilia, se viste con pants, tiene 75 años y está casado con una chava de República Dominicana. Se pasó todo el vuelo hablando de las montañas de su tierra y refunfuñando porque odia los aviones, le pareció muy valiente que haya yo hecho este viaje sola y me calculó menos años. ¡Ya por eso me cae mejor!

Nino es la primera persona con la que hablo de forma amable en casi 15 horas, en el vuelo de México a Madrid me tocó junto a un español malhumorado. Como yo nunca había viajado por tanto tiempo, supuse que aquello sería un infierno congelado, traía 7 capas de ropa térmica y una bolsa con comida suficiente para alimentar a un regimiento, desde Nutella, hasta nopales enchilados. Me sentía preparada para enfrentar la peor de las crisis, incluida quedarme atrapada en el avión en medio del mar.

 

No me dio tiempo de comer tanta comida porque me daba miedo hacer enojar al español mala copa con el ruido de las bolsitas, me dispuse a morir de calor con mis 78 capas de ropa térmica en un avión sin aire acondicionado, vi películas, evité tomar agua para no tener que despertar a mi horrible compañero de asiento y aproveché para devorar toda la comida que sirvieron en el vuelo, que es la única que me pareció no haría enojar a mi vecino. El terror a la furia del español despiadado fue tal, que no me dieron ganas de hacer pipí ni una vez, y eso que yo tengo vejiga de musaraña y voy al baño cada 32 segundos. Para que vean que tan efectivo es el miedo como herramienta de control y que tan mala cara tenía aquel personaje.

 

Después de responder miles de preguntas en la aduana de Madrid, pasar por 23 controles y tomar un trenecito para cambiar de terminal, me quité varias de mis capas de ropa y entré al vuelo hacia Roma en donde conocí a Nino. Sólo por él me dieron ganas de conocer Sicilia y ver sus montañas, pero ya será en otra visita, porque ahora, me tocan sólo Roma, Nápoles y Florencia. Aterrizamos en una Roma nebulosa, me despedí de Nino y su esposa tropical y fui como alma que lleva el diablo a buscar mi maleta. Siempre me da terror llegar a la banda de equipaje y que no esté, por eso en la bolsa de mano traigo además de comida, cambios de ropa y hasta cepillo de dientes, no vaya a ser la de malas que estos cabrones me pierdan la maleta y se me arruine todo. ¡La maleta apareció! Y sentí un alivio increíble, salí del aeropuerto cual Pedro por mi casa, sin que ni un italiano se parara a preguntarme que qué hacía yo ahí, ni cuál era mi pasaporte. Me espanté porque pensé que estaba violando alguna regla internacional horrible y pronto sería perseguida por la Interpol por ingresar ilegalmente a un país, pero luego vi que a estos no les importan esas cosas si vienes de otra parte de Europa.

Fui descubriendo Roma en la oscuridad de la noche, se adivinaban sus árboles chistosos sin hojas ni ramas más que en las copas, sus casas deslavadas y sus puentes para cruzar el río. Había gente caminando en la calle comiendo gelatos y entrando a restaurantes, yo le preguntaba qué era cada cosa al pobre chofer que me respondía en un italiano lento como si yo fuera tarada ¡hablo español! no soy tonta, ¡pos éste! El edificio que más me gustó, es el que menos le gusta a los romanos, el chofer me dijo que ellos le decían “edificio feo” porque está muy garigoleado. ¡Ya se chingó la cosa! pensé.

Me instalé en mi hotel y me dispuse a ir a Trastevere a cenar. Las calles de Roma son chistosas, las avenidas principales tienen banquetas, las otras no, es como si fuera tierra de nadie donde peatones, coches, motos y perros tienen que ingeniárselas para caminar sin ser atropellados. Me gustaron las ventanitas perfectas de todos los edificios, sus puestos de castañas asadas carísimas y su fruta. Estos tienen una obsesión con la fruta, por todos lados andan vendiendo. Caminé hasta llegar al río. Déjenme decirles que el río Tíber es hermoso, en México los ríos no forman parte de nuestras ciudades, siempre están o sucios, entubados o en las afueras, así que es increíble ver un río ahí en medio de todo conviviendo con la ciudad como un habitante más, lo crucé para llegar a mi destino.

 

Trastevere es divino, sus callecitas perfectas llenas de restaurantes escondidos te hacen querer entrar a todos, pero tenía claro que debía cenar en Roma Sparita y allá fui. Nunca se me ocurrió reservar porque en mi mente esto iba a ser un lugar equis poco conocido; no había mesa, al parecer es ultra popular. Me senté en el primer restaurante que vi vacío, pedí vino y caccio e pepe, la especialidad romana que es pasta con queso y pimienta. La pasta estaba horrenda, el vino me supo a gloria, sentada frente a mi plato de pasta fea decidí cambiar la intención de mi viaje. En un principio quería comerme a Europa —literalmente venía a probar la mejor comida de cada ciudad pero vi que podía ser un poco complicado y frustrante, que era mejor dejarme llevar y si la comida salía fea, pues ni modo. Estuve paseando con ganas de perderme, esta ciudad es ultra segura, todos andan caminando en medio de la noche como sin nada, entré al barrio judío y encontré una gelateria kosher, aunque hay miles de sabores mi favorito siempre será pistaccio, así que pedí uno de 2 euros y salí a la calle a seguir con mi paseo. ¡Oh, por dios! El helado italiano es una cosa hermosa, podrás haber probado “gelatos” en otros lados, pero nunca, NUNCA serán iguales a los que hacen aquí, no sé si es la leche, o qué, pero son maravillosos. Caminé por ahí contenta de estar en Roma pero no completamente emocionada, esperé muchos, muchos, años para venir a Europa, siempre lo vi como un sueño imposible y creí que estando ya aquí sería una loca feliz; pero resulta que la sentí muy parecida a México y fuera del helado, no me creía lejos de casa.


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Gelato de pistaccio

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