18 de marzo 2015, Nápoles

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¡Por fin salió el sol! Extrañaba ya mi clima tropical mexicano y me gusta poder caminar sin 67 capas de ropa pareciendo un tonel. Déjenme decirles algo, la pastelería napolitana es el cielo, entras a sus cafeterías perfectas con sus cafeteras relucientes y te sientes abrumado ante la enorme cantidad de perfección pastelera.

Me apersoné en la barra de ​Augustus,​ pedí mi capuchino y estuve horas haciendo que el pobre barista me sirviera pastelitos. Parecía yo mosca que se relame las patas decidiendo que comer: primero pedí la tarta con fresas chiquititas, o ​fragolinas en italiano, después una ​zeppole llena de crema pastelera tan perfecta que casi lloro y para terminar un pastelito cremoso con nombre raro, si por mí fuera hubiera comido 78 más. Por los 3 y el capuchino fueron €4 ¡un regalo!

Con el corazón contento lleno de crema pastelera y azúcar glass me puse a revolotear por ahí tratando de buscar el castillote que se ve en lo alto de Nápoles, caminé hacia arriba pasando por calles horribles llenas de señoras en bata que me echaban miradas feroces. Llegué a una especie de carretera y donde pude ver toda la ciudad, pasé un rato sintiendo el aire en la cara tratando de averiguar cómo llegar al castillote, resulta que la solución más sencilla era tomar el metro para subir una estación.

¡No saben qué chistoso! Este metro es escalonado porque va en subida, así que te sientes como en un mini estadio, me trepé y en 3 patadas estaba yo en la entrada del castillo. Me gustaron sus ladrillitos cafés y las plantas que lo rodeaban. Me emocionaba la idea de entrar porque juraba que iba a ser como el de Chapultepec donde uno ve la cama de Carlota y esas cosas, o sea, quería darme una idea de cómo vivían las personas que lo habitaban, cómo era su ropa, qué cocinaban, qué muebles tenían. No hay nada de eso, sólo se puede entrar a un museo con arte rarísimo atendido por señores viejitos buena onda. Hasta me sentí mal de recorrerlo rápido, pero era de ese arte que hacen artistas a quienes sus mamás les dijeron que eran perfectos desde chiquitos y luego pintaron una bola y resulta que es arte. Los pobres señores sólo me veían con cara de “ésta no entiende nada” y chance no, pero pues qué le hago.

La vista ¡eso sí es una obra de arte! Todo Nápoles a mis pies. Te dan ganas de quedarte horas viendo los techos disparejos de esta ciudad llena de contrastes y pobreza, me recordó a México con su gente loca y sus fachadas despintadas, en donde no se es rico pero sí feliz.

Bajando del castillo me senté en un café, me trajeron agua de naranja pal’ calor y unas papitas. En Nápoles hasta las pinches palomas son unas sinvergüenzas. Literal la cabrona paloma vino a mi mesa y viéndome a los ojos se chingó mi comida. La espanté le grité, le dije cosas, nada sirvió, a la paloma le valió madres, luego estuvo ahí viéndome con ojos retadores. Había querido ser buena onda pero no funcionaba así que la piqué con mi pluma y quedamos en

buenos términos porque medimos fuerzas y vimos que las dos estamos igual de locas. Dejó mi comida en paz.

Tenía en mi lista una fonda escondida que según esto era deliciosa, se llama ​La Taverna del Buongustaio​. ​Quería usar el ​wifi del café para buscar la dirección pero no tenían, no me quedó más remedio que preguntar cómo llegar. En 37 segundos agarraron mi mapa y empezaron a discutir como si fueran la pinche mafia. No sabía si estaban tratando de encontrar el lugar o planeando mi asesinato: gritan, manotean y es imposible entender si están felices enojados tristes o son psicópatas. Por fin alguien con internet lo buscó en Google Maps y me dijo que tomara la metropolitana que porque eran diez kilómetros y no me fuera yo a morir. ¿Diez kilómetros? ¡Ja! Yo camino quince en un día normal. Además con los pasteles que me estaba chingando, más me valía caminarle.

Caminé de bajada casi, casi, corriendo;; me gusta ver sus callecitas con trampas para las motos, porque los cabrones se trepan a la banqueta y atropellan al que sea, así que les ponen trampas chistosas para que no pasen. Estaba yo pensando que debería haber cosas así en México cuando llegué a la zona del restaurante y tuve que pedirle informes a un monito en pants. Nunca pidan informes a monitos en pants, se ven mal, son el estereotipo del italiano tramposo, y son tramposos. Me dijo que la fonda a donde iba era muy buena y se apuntó, le dije que era casada y se desapuntó, me dejó botada en la fonda y pude respirar tranquila de estar sola sin el engendro en pants.

En la taberna cada día tienen varias opciones de entradas y platos fuertes, como traigo antojo permanente de mejillones, pedí una pasta con mariscos deliciosa y cuando llegó mi segundo tiempo el chingado italiano en pants apareció de nuevo. Se sentó, pidió comida, me quiso dar a probar y estuvo haciéndome una plática molesta, todo para que cuando apareciera la cuenta saliera disparado dejándome con todo a mí. Los del restaurante al ver mi cara de desconcierto me descontaron la parte del maldito ése. La señora de al lado me dijo —En Nápoles tienes que estar atenta— y pues estaba atenta a mi bolsa, pero nunca me imaginé que me iban a querer transar, ahora voy a sacar lo mexicana si estos cabrones se quieren portar como tepiteños. Igual sigo amando Nápoles, esta ciudad tiene alma gritos y pasteles. ¡Me encanta estar ahí!

Después de comer me dormí una siesta deliciosa, de ésas que sólo puedes tener cuando estás de vacaciones y salí en la tarde a caminar, era mi último día y quería despedirme de esta ciudad como se merecía. Paseé por sus calles llenas de puentecitos, compré un helado más, vi sus tiendas llenas de recuerdos y decidí sentarme en una plaza con muchos árboles, el café que más me llamó la atención era también librería, pedí una mesa en ​Caffè Letterario Intra Moenia donde pudiera ver a la gente y tomar mi cerveza y una orden de aceitunas. En cuanto vi estas aceituna supe que eran diferentes, las traen en un plato con hielos y su color es verde brillante, al probarlas me enamoré, son frescas y dulces, no quieres dejar de comerlas nunca jamás. Mientras comía estuve observando como poco a poco se llenaba de estudiantes, me da risa que todos piden cocteles exóticos, están las mesas llenas de vasitos con bebidas de colores.

Después del café/librería seguí explorando la zona, pasé por una tienda hermosa atascada de napolitanos, desde afuera se veían las vitrinas llenas de jamones y embutidos, canastas con quesos, panes apilados según su tipo, pastas y aceites. Tuve que entrar a ​Pan ́e Muzzarell ​a comprar, me da mucha tristeza ver estas tiendas tan divinas y no tener una cocina cerca para cocinar. Quise ser napolitana y venir en las tardes por mi cena, quise sentarme a leer en un balcón con ropa tendida comiendo un panino con mozzarella perfecto, me dieron muchas ganas de saber qué eran todas esas cosas y que mi refrigerador estuviera lleno de ellas.

Compré 300 gramos de ​burrata y ​prosciutto rebanado, lo comí como un animal en el hotel, porque no tengo cubiertos. Esta cena me supo a gloria, es la ​burrata más perfecta que he comido en toda mi vida. Saliendo de esa tienda empecé a darme cuenta que en todos lados venden unos chiles de coral, según yo son el símbolo de Nápoles pero nadie me supo explicar, sólo manoteaban. Me gustó tanto esta ciudad que compré dos para tenerlos de recuerdo.

Iba yo bien feliz con mi ​burrata y mis chiles de coral cuando una maldita escuincla, viéndome fijamente se me acercó y me dio una nalgada, así, a la mala. PINCHE mocosa. No sé insultar en italiano y sólo atiné a verla feo. Uno debería aprender a insultar antes de venir a Nápoles, créanme que hace falta. Entre esta mocosa, la paloma y el güey en pants, me hicieron falta varios insultos.

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Pescadería con tenderos buena onda

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Los pescados de Nápoles

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Nápoles

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Augustus y sus pasteles de sueño, Nápoles

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Puestos de verduras horrendas, Nápoles

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Pescados plateados napolitanos

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La vista desde la carretera

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La vista desde el castillo

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La paloma ladrona

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Nápoles

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Pasta Marinara

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Nápoles

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Café literario

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Las aceitunas deliciosas

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Nápoles de noche

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La tienda de burrada

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Felicidad absuluta

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Burrata y Prosciutto mi cena de esa noche



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