15 de marzo 2015, Roma

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Dejé las ventanas abiertas para que me pegara el sol en la mañana y me fuera acostumbrando rapidito al nuevo horario. Me desperté sin problema y me di cuenta que esta ciudad me recibía con un pinche frío horrendo.

Había hecho mi tarea y sabía que debía tomar café en ​Sant’Eustachio Il Caffè,​ el mejor de Roma según muchos, y allá fui, me perdí entre sus calles hechas para todo menos para la seguridad de los peatones, viendo tiendas de ropa, ​gelaterías,​ restaurantes para turistas y una iglesia en cada esquina.

¿Qué pasa con esta ciudad llena de iglesias? Las iglesias romanas no me gustan, se me hacen forzadas, todas igualitas y demasiadas. ¿Qué no podían tener una por colonia e ir todos a la misma? Si se tienen tantas hay que mantenerlas a todas con todo y sus padrecitos y eso debe salir en un ojo de la cara, luego se andan quejando de que la gente no tiene para comer, pero eso sí, andan manteniendo sus miles de iglesias.

Llegué a ​Sant’Eustachio ​y pensé ¡CACA! Chance no investigué tan bien, este café se ve comercial y bastante equis, pero pues ya estaba ahí y no tenía otra cosa que hacer en 2 horas. Déjenme decirles que las cafeterías italianas son una cosa preciosa, las cafeteras gigantes te reciben como diciéndote —¡todo el café que has tomado en tu vida es horrible! Y sí, vaya que sí, de esa maquinaria elegante que tiene pinta de órgano antiguo, salió el mejor capuchino del mundo, me hizo querer abrazarlo, perderme en su espuma perfecta y darle gracias al barista que me lo sirvió en la barra. Los italianos no se andan sentado, llegan con prisa piden su café, se lo toman y se largan rapidito sin la cursilería que otros le dan a tomar café. A mí siempre me dijeron que a donde fueres haced lo que vieres y seguí el ejemplo italiano tomándolo en la barra, eso sí, me lo tomé con menos prisa que un romano, porque no tenía caso tatemarme la lengua sólo para parecer local.

Mi siguiente parada era el Coliseo, fui caminando por Via del Corso hacia un edificiote blanco, con un caballo de bronce ya verde por los años. Desde abajo se ve eso muy imponente, siento que los romanos te trataban de espantar con sus edificios. Por ahí revolotee entre ruinas en medio de las calles que me recordaron al Templo Mayor, árboles de copas chistosas y vendedores de recuerdos de Italia. A lo lejos se divisaba el Coliseo, gigante y destruido, lleno de chinos con ​selfie sticks​, niñas saltando para salir a medio brinco en la foto, señores disfrazados de soldados romanos y gente frenética. Le di la vuelta a aquella cosa esperando ver señales del tour que contraté, nadie me supo decir quiénes eran o dónde podría encontrarlos y en el boleto sólo decía “Nos vemos en la taquilla” pero para llegar ahí había que hacer una hora de cola, me empecé a desesperar y mejor caminé a buscar un lugar para sentarme del otro lado de la entrada lejos de los chinos. Estuve observando tratando de imaginarme todo lo que habría pasado en el interior, cuántas personas muertas, cuántas emociones y sufrimientos, cuántos animales lastimados, sueños rotos, traiciones y momentos

de alegría. Me gusta pensar en esas cosas, es como echarle un vistazo al pasado y me ayuda a conectarme con los lugares que visito para hacerlos un poco más míos.

Los italianos son unos coquetos: tuve que pasar 20 minutos deshaciéndome de un “soldado romano” que insistía en cenar conmigo, me hizo tomarnos una ​selfie que tuvo la generosidad de no cobrarme y quedamos de vernos a las 8:00, cita a la que desde un inicio tuve toda la intención de fallar. De pronto empezó a llover y me di por vencida con eso del Coliseo, llegaban hordas de chinos desesperados y el chingado tour era un fantasma, decidida seguí mi camino hacia el edificiote blanco para ver qué era y si en una de ésas estaba mejor.

Resulta que es el ​Monumento Nazionale a Vittorio Emanuele II, luego me enteré por los chismes que muchos romanos lo odian y tiene apodos chistosos como “Pastel de bodas” o “Máquina de escribir”. La construcción es más que bonita, imponente, blanca, blanca, hasta el punto que llega a cegarte y con un museo que recorrí sin mucha emoción. Lo mejor de todo es la vista, se pueden ver los árboles romanos con hojas chistosas, el Coliseo y las casas deslavadas.

Desilusionada por el edificiote, emprendí el camino hacia ​La Veranda, un lugar en donde moría por brunchear, había reservado mesa desde México y me tenía muy emocionada. Andaba tratando de entenderle al GPS cuando conocí a Darío. Darío tiene 56 pero se ve de 89, me contó que se dedica a producir vino y aceite de oliva y vive unos meses en el sur de Italia y otros aquí. Siempre me las ingenio para hablar de comida, así que le dije que me gustaba la porchetta​, nada mas de oírme peló unos ojotes de antojo puro y fuimos los dos con alma de gordos a encontrar ​porchetta a como diera lugar. Buscamos pero nunca encontramos, lo bueno es que en el paseo conocí la Fontana di Trevi, que como ahora está en reparación no se pueden tirar monedas. Él y yo nos reímos juntos de que la gente esté tirando monedas a una mini fuente sustituta para que se les cumpla su deseo. Darío pronto cambió el rumbo de la conversación, pasando de ser un viejito buena onda a querer ligar. En ese instante salí corriendo, arrepintiéndome de haber perdido mi reservación en el ​brunch por lo que yo pensaba sería una plática linda. Eso de salir con viejitos no se me da.

La mejor forma de curarme la pena de no haber ido a La Veranda era comiendo algo delicioso. El lugar elegido se llama ​La Campana​, estaba llenísimo y los meseros corrían de un lado a otro sirviendo guisados que tenían en un aparador en la entrada. Comí cordero rostizado con papas y alcachofas fritas y mi buena garrafa de vino rojo. Estuvo delicioso, el cordero crujiente combinaba increíble con las papas y hubiera sido completamente feliz si no fuera porque traía una maldición horrenda y cada vez que comía me sentía morir.

Regresé al hotel caminando bajo la llovizna leve. Aquí en Roma uno pasa los días entre tiendas hermosas con ropa tan cara que ni en mis sueños más guajiros podría comprar, así que nada más veía por la ventana como perro. Igual no sé si me gustaría comprar ahí, sólo había una tienda con vestidos de los 50 ́s floreados con crinolinas que me hizo querer ser rica, las demás me daban un poco igual.

Iba yo llegando a mi hotel cuando vi a un grupo de güeyes cante y cante mientras tomaban chela, por su actitud parecían alemanes pero cuando me hablaron y me invitaron a sentarme con ellos vi que eran franceses. Estaban bien chistosos, andan en Roma para ver un partido de rugby, viajan todos los años en familia y echan un desmadre muy cagado. Creo que la pobre mesera ya no sabía ni qué hacer, por lo que alcancé a escuchar la tarde anterior intentaron robar algo del baño y ahora le cantaban en coro a la pobre mujer una canción sobre el ​Popolo como si de vikingos se tratase. Uno de ellos me dio su teléfono y quedé en buscarlo cuando estuviera en París, me parecieron una familia muy bonita.

Mi prima Ana —quien conoce gente en todo el mundo y me contactó con su amigo Francesco— estaba ya poniéndose muy intensa porque no hablaba con el hombre, así que mejor le hice caso y fui a cenar con él a su restaurante. En ​Osteria Delle Coppelle sirven comida italiana tradicional, pero también tienen un bar secreto al fondo todo decorado con mariposas, me gustó que tanto el restaurante como el bar estuvieran súper escondidos. Francesco pidió por mí: una pasta con cerdo frito y ​puntarelle,​ que son una especie de espárragos con una salsa de anchoas súper, súper, fuertes. La cena transcurrió tranquila, como en la mesa había alguien sordo, estuvimos platicando de su forma de adaptarse a este mundo y las miles de dificultades a las que se enfrenta, les dije que estaba sorprendida por la cantidad de personas sordas que hay en Italia (chance es porque son gritones).

Salí de ahí contenta pero sintiéndome pésimo, definitivamente este viaje no sería gastronómico, apenas comía algo y sentía morir.


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Saint Euctachio il Caffe

2015-03-15 08.51.23

Monumento Nazionalle Victor Manuel

2015-03-15 09.29.15

coliseo romano

2015-03-15 10.08.17

El guardia romano coqueto

2015-03-15 10.41.36

Roma desde lo alto

2015-03-15 10.44.26

Roma desde lo alto

2015-03-15 14.01.44

Alcachofa frita Ristorante la Campana

2015-03-15 14.13.47

Cordero rostizado, Ristorante La Campana

2015-03-15 14.42.58

La barra de verduras Ristorante La Campana

2015-03-15 21.38.02-2

Pasta con cerdo frito, Oteria Delle Coppelle

2015-03-15 21.53.41

Puntarelle, Osteria delle Coppelle

2015-03-15 22.16.15

Francesco el amigo de mi prima

Osteria delle coppelle bar

Osteria delle coppelle bar

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