17 de marzo 2015, Nápoles

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Me trepé al tren feliz por dejar Roma, el viaje es súper bonito, porque en Italia hay paisajes increíbles, cielos azules con nubes blancas, blancas, campos verdes, casas deslavadas con techos de teja, campos sembrados de olivos y florecitas silvestres que crecen por todos lados.

En el camino conocí a Orestes y Antonio, ellos son los encargados de hacerle promoción a la

Vía Francígena​, que es una ruta de peregrinación parecida al Camino de Santiago. Alegres y platicadores me pidieron perdón por no dejarme dormir en todo el camino, pero es que no podían dejar de hablar de la ruta que estaban próximos a emprender, se ve que esto es la pasión de su vida. Les conté que había estado en San Pedro y que no me gustó nada porque te aleja de Dios en vez de acercarte, soltaron la carcajada y me invitaron a unirme a la peregrinación el año que entra, estábamos acabando nuestra plática cuando llegamos a nuestro destino, me dieron sus datos y nos despedimos muy sonrientes los tres.

El tren me dejó en una estación desangelada a las 11:00 en punto, mientras intentaba orientarme me topé de frente con una ciudad horrenda. Creí que Europa era equis hasta que llegué a Nápoles: a primera vista es sucio, está lleno de africanos con miradas temibles, aquí gritan mucho, hay puestos de chinos por todos lados y sientes que en cualquier momento te van a asaltar, sin embargo todo aquello se las arregla para tener un encanto especial en conjunto. Busqué mi hotel pasando por parques llenos de perros escarbando en la basura y calles atascadas de gente parada en sus puertas fumando y platicando, muchos en pants o incluso en pijama. Hice el recorrido seguida por las miradas fijas de los napolitanos, sintiéndome completamente intimidada pero a la vez feliz. Mi hotel fue todo lujoso y grande, apenas podía contener la emoción, la cama era increíble, grandota y suavecita, creo que no tendré un mejor hotel en todo el viaje.

Me urgía comer, así que rápido me puse a buscar pizza que para eso había venido a esta ciudad. En ese momento sólo pensaba que amaba Nápoles, lo que pasa es que en Roma son unos mamones, sí, todo es impresionante y bonito, pero es muy ordenado y lleno de hordas de turistas corriendo con cámaras. Acá casi no hay turistas ni orden, hay vida, perros paseando y niños gritones, ropa tendida en las calles y paisajes grises.

Me dejé llevar por las calles de esta ciudad, pronto llegué a Sorbillo, recomendación de la del hotel, pensé que el lugar no sería tan bueno porque estaba vacío, sólo un chino comiendo lento y yo, pero es que llegué temprano, en 10 minutos se atascó de adolescentes que salían de la escuela. Por sólo €7.5 comí una pizza entera y una cerveza gigante. ​La pizza de Nápoles es amor puro, enorme, delgadita, la masa es feliz, la salsa sabe a abrazo, el queso es increíble, no sé cómo explicarles la felicidad que me invadió mientras comía aquel pedazo de perfección absoluta.

Mi siguiente parada fue en una cafetería en busca de ​sfogliatelle,​ estas maravillas napolitanas son panes crujientes rellenos de queso ricotta dulce, les traía ganas desde México. Me dio un

gusto enorme recibir ese pan pesado parecido a una concha de mar que acompañé con un espresso perfecto, aún estaba ahí y ya sentía que extrañaba el café de esta ciudad. El que atendía estuvo muy feliz de que no pidiera capuchino, se ve que todos los turistas vienen y piden eso y aquí sólo se toma en la mañana, los italianos piden café y les sirven un ​espresso por eso cuando llega un extranjero hacen acopio de toda su paciencia para ver qué chingados va a querer el güey.

Una vez acabado el postre decidí aventurarme por Nápoles, quería conocer todo sobre esta ciudad y mi alma de surfer me llevó a buscar el mar, mi hotel está en el centro histórico cerca de las pizzerías, pero alejado del área fashion y cool napolitana, así que tuve que caminar muchísimo hasta encontrar el malecón, busqué mejillones con desesperación, y me senté a comer viendo al mar.​ ​Al parecer el hambre que no me daba en Roma aquí me regresó.

Me gusta Nápoles porque no se sienten una gran ciudad como Roma, estos cabrones andan por la vida valiéndoles madres, fui a un museo y todo estaba en chingado italiano, no son ni para poner un pinche letrero en inglés. Ahí andábamos una rusa y yo dando vueltas cual pendejas sin entender nada y a nadie le importó un carajo, los guardias dormían en su silla y ni se molestaban en despertarse.

Me gusta Nápoles porque tiene mar y porque las motos andan en las banquetas y si te atropellan es tú culpa, porque no hay ley, y los perros pasean en los parques felices. Me gustan sus puestos de verduras horrendas, sus pescaderías llenas de pescados plateados y almejas de mil tamaños;; me gusta porque hay pastelerías en todos lados y venden tartas con fresas chiquititas, amo que la gente tienda la ropa en la calle y se gritoneen unos a otros desde los balcones. Me gusta que se la pasan diciéndote “PRESTO” como esperando que hagas algo y tú te les quedas viendo con cara de pendeja y sólo se voltean todos malhumorados.

Aquí o son amigables o están enojados, no hay de otra, también hay muchos niños y señoras gordas, en Roma sólo las gaviotas eran gordas;; no puedes ser una ciudad donde se come bien si no hay señoras gordas. Es ley de vida.

En la noche, como buena tragona, salí a comer otra pizza: esta vez a ​Dal Presidente Pizzeria​, me gustó mil veces más que la de la tarde, porque la pedí con ​mozzarella di bufala.​ ¿Qué les digo? No puedo evitarlo: Nápoles es el paraíso de la pizza y no comerla es un pecado capital.

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La primera vista de Nápoles

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Mi primera pizza Napolitana

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Sfogliatellas

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Una sfoglatella perfecta

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Puesto de frutas

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Almejas felices

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Calle en la parte fashion de Nápoles

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Otra calle en la parte fashion

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Calle Napolitana

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El museo sin letreros mas que en Italiano

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Pizzeria Dal Presidente 

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