19 de marzo 2015, Florencia

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Zeppole en Nápoles donde todos querían robarme el teléfono

Escribo esto desde tren de Nápoles a Florencia, la vista no es tan bonita como la del camino Roma-Nápoles, es un tren de los ultra veloces y pasamos por muchos túneles, así que es muy aburrido.

En la mañana antes de subirme al tren pasé por una ​zeppole y me senté a comerla en la banqueta con un capuchino, la mesera llegó en 3 segundos a decirme —Telefonino, ¡atenta!— y es que traía mi maleta y aquí estos te ven con maleta y te vuelves un ​easy target​. Y si, nada más pasaron 2 minutos y ya se me había acercado un chavito a preguntarme la hora a ver si sacaba el teléfono. Al cabo de diez minutos se fueron acercando varios, como las palomas cuando comes, así se acercan los ladrones cuando te ven con maleta.

Igual con todo y todo Nápoles me gusta más que Roma con su gente mamona y sus calles limpias.

Florencia

Tenía que escribir esto ya porque comí tanto que traigo un ​food coma de terror y podría ser lo último que sepan de mí.

Fui a cenar a un lugar que me recomendó Ale Coppel: ​Trattoria Sostanza ​y pedí una bistecca fiorentina ya que me pareció lo más correcto estando yo en esta ciudad, 1/4 de vino y ensalada de jitomates frescos. Estaba yo dudando si debía pedir más cosas cuando ¡CACA! Se aparece el mesero con el pedazo de carne más grande que he visto en mi vida. En la mesa me acompañaban unos alemanes que se me quedaron viendo con cara de ¡Ay, ajá! El más sorprendido era un gringo sentado en la mesa de junto, que sólo pelaba los ojos e incrédulo le hacía comentarios a su novia. De pronto el pobre hombre no se aguantó más y me dijo casi gritando —​Sometimes is just you and your steak— a lo que yo respondí afirmando con la cabeza llena de felicidad repentina.

Empecé a comer, la carne era roja, suavecita y perfecta, con una costra de condimentos espectacular, la cantidad adecuada de sal y tan jugosa que te daban ganas de lamer el plato. Con cada bocado que daba el gringo abría más los ojos, el alemán me decía —​Is it good. ​Y el mesero pasaba y pasaba tratando de entender cómo podía estar yo tan campante ante ese pedazo de animal. Me lo acabé sin sentirme llena, terminé con los jitomates que son dulces y deliciosos y pedí el postre, me llegó un pastel del alto del vaso, puro y hermoso merengue con crema y chocolate. El gringo ya soltó un grito de entre emoción y horror —​No way! exclamó atónito. Me dispuse a comer rápida y veloz porque el gringo no me iba a venir a decir que yo no podía comerme ese postre. Cuando acabé el restaurante entero se me quedaba viendo con cara de asombro, mientras yo, en secreto, saboreaba mi triunfo. Nunca me había sentido tan

admirada y envidiada en mi vida. Me levanté al baño y me siguieron con la mirada para ver si no tenía un culo gigante. Al regresar le dije al gringo —¿Te estás preguntando por qué no estoy gorda verdad?— y sólo se empezó a reír todo nervioso. Los de la cocina me dijeron que eso pesaba casi 600 gramos, que yo comía muy bien y hasta gritaron —¡Viva México! Ésta fue una cena muy feliz a la florentina.

Ya que saben la razón de mi enorme y fatídico ​food coma​, les cuento que llegué a Florencia y me gustó mucho más que Roma, a decir verdad podría haberme saltado Roma sin un problema. Aquí es más seguro que en Nápoles pero traigo el síndrome pájaro-piedra y salto como ninja (en sobrepeso y sin elasticidad, o sea, como hipopótamo ninja) cada vez que alguien se me acerca. Llegué al hotel, dejé mis cosas y me puse a caminar por ahí. En eso estaba cuando doblé una esquina y me encontré de frente con la mismísima catedral.

Si no estás esperando verla y te la topas súbitamente te quedas parada con cara de pendeja contemplando aquella obra de arte tridimensional, salí de mi estado catatónico cuando un turista me empujó porque estorbaba horrible, yo salté como hipopótamo ninja queriendo matarlo para salvaguardar mi bolsa y obvio se rompió el encanto.

Entré primero al presbiterio que es una cosa maravillosa;; me van a perdonar pero sigo con el tema de que le hacen millones de fiestas a la capilla sixtina y a mí no se me hizo la gran cosa, esto se me hace mucho más impresionante. El siguiente paso era entrar a la catedral, que es mucho más bonita por fuera que por dentro, ahí tomé la decisión de subir al campanario. “¡Se me hizo fácil!” pensé ya cuando me encontraba en medio de un pasillo estrechísimo lleno de turistas que bajaban mientras yo subía dejando los pulmones tirados en alguno de los 100 millones de escalones de aquella endiablada torre. Cuando vas a la mitad odias tus ideas geniales y te recriminas por pendeja, pero de pronto sales al primer descanso, ves Florencia desde lo alto y dices —¡A la madre!—. El paisaje te enamora al instante y quieres subir hasta arriba, total mientras más subas más gelatos puedes comer sin remordimiento.

Florencia es café pero hermosa: los techos llenos de tejas, las construcciones con ladrillitos, las iglesias y sus cúpulas perfectas, el cielo azul, el río y algunas áreas verdes hacen de esto un conjunto increíble, tanto que sientes que te estás en un sueño.

Bajé de ahí y me dispuse a ir al ​Mercato Centrale​, que se pronuncia ​“chentrale” porque si dices “centrale” nadie te entiende. Me encantan los mercados y éste es hermoso, lleno de localitos con vinos, aceites, pastas, carnes y embutidos. Lo más bonito son las frutas, tengo una maldita obsesión con las frutas y las verduras y cada vez que veo un puesto me tengo que parar a ver qué venden. De pronto vi unas como grosellas, acá en México no hay frescas y nunca las había visto pero siempre comía paleta de grosella saliendo de la escuela así que me entraron unas ganas locas de comprar aquello. Las agarré y fui a preguntarle a la señora del puesto por el precio. No me dejó ni hablar, pegó un grito furioso y manoteando me dio a entender que no tocara nada, si quería comprar ella me lo tenía que dar. Fue tal la cara de esta

mujer que yo sólo atiné a salir corriendo despavorida en busca de un lugar un poco más amable.

En mi lista estaba ​Da Nerbone,​ una fonda que está en el mercado en donde te formas, ordenas y luego, luego, te sirven los platos del día en una charola que después llevas a unas mesas comunales para comer. Estaba yo bien feliz, pide y pide cosas, cuando el de la caja me ofrece ensalada. Mi respuesta inmediata fue —No vine hasta Italia a comer ensaladas—, el señor se me quedó viendo contento y me dio dos vasos para el vino, otra vez tuve que aclarar que toda esa comida era sólo para mí. Él me vio divertido y me sirvió mi risotto, ​porchetta y vino acompañados de un pedazo de pan gigante, me fui a sentar rodeada de gente hambrienta, comiendo aquella comida feliz por la que pagué 13 euros.

La parte de arriba de este mercadito es nueva, subí a explorar y me topé con puros restaurantes ultra fashion, llenos de gente. La comida se me hizo como de Sbarro, la gente me aturdió, la modernidad me pareció horrenda y mejor me bajé a buscar un café de esos que son atendidos por viejitos buena onda y no brillan de nuevos. El dueño del ​Caffé México me recibió feliz porque era el día de San Giuseppe, me regaló una bolita de masa cubierta de azúcar y sirvió el café entre risas. Traigo la mano vendada y es siempre motivo de plática, al enterarse de que ando cucha porque boxeo, decidió que mi café debería ser gratis. Amo estar en esta ciudad de gente amable y platicadora que te regala café por ser boxeadora.

Era aún temprano y salí del mercado para papalotear por la ciudad. Así fue como conocí a Luca. Imagínense que de pronto algo me transformó porque para el dueño de esta tienda de chamarras yo era la modelo más perfecta de todo el universo, me invitó a entrar ya que sería un honor que alguien tan guapa se probara su ropa y total: una es débil ante tanto piropo no merecido y ahí fui a meterme a la tienda. Me puso cuanta chamarra se le ocurrió, hasta que me gustó una gris.

—€200— me dijo Luca —pero por ser tú te la dejo en €150.
¡Yo no quería comprar chamarras! —Te doy €100 y no más— contesté retadora. Luca contraatacó —Sí, pero en efectivo.
¡Pos éste! —En efectivo son €85, no te hagas— le dije yo regresándole la chamarra.

Al final me la dejó en €85 y me invitó a cenar, según él estaba perdiendo mucho dinero conmigo y era la única forma de compensarlo.

Me fui muy feliz con mi chamarra, y anduve preguntando por otras iguales y todas andaban en €200. Cuando les decía que me costó €85 me veían con ojos de “Ésta quien sabe de dónde salió”. ¿Pos cómo de dónde? —¡De México cabrones!— Y sólo respondían riendo —¡Ay esa Messicana!

Florencia me gusta porque todo es hermoso, pero hermoso cercano (no como Roma), porque hay gente buena onda, porque por fin vi a italianos en traje y guapísimos. Me gusta porque hay bolsas y maletas para morirse, porque acomodan el ​gelato en montañas y es el mejor que he probado hasta ahorita, porque aunque hay turistas no son miles de locos con cámaras persiguiendo no sé qué aire del pasado para tomarle fotos. Me gusta por sus iglesias perfectas y sus cúpulas hermosas, ésta sin duda, es una ciudad que se da a querer.

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Il Duomo, por primera vez

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Il Duomo, por primera vez

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Presbiterio catedral de Florencia

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Il Duomo desde el campanario

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Florencia desde el cielo

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Florencia desde el cielo

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Mercato Centrale Florencia

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Mercato Centrale Florencia

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Mercato Centrale Florencia

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Da Nerbone, porchetta y risotto

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Da Nerbone, Mercato Centrale

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Mi café regalado, Caffe México Florencia

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Mercato Centrale Florencia

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Maletas de piel, Florencia

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Gelatos, Florencia

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Junto al río, Florencia

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Gelato de fresa, Florencia

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Carrusel hermoso mientras sonaba el tango de Perfume de Mujer

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Echada en el parque

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Mi bisteca forentina

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Trattoria Sostanza, Bisteca Florentina

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Trattoria Sostanza, postre

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Trattoria Sostanza, de aquí sacan la bisteca

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Trattoria Sostanza, mi amigo alemán que presenció mi hazaña de gorda

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Trattoria Sostanza, Florencia

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