21 de marzo 2015, Estambul

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Llegué a Estambul en medio de una turbulencia terrible, el piloto aterrizó con el culo, y llegamos a una ciudad envuelta en bruma. En la banda para recoger las maletas me amigué de un antropólogo de Alaska que viene a Turquía a investigar sobre los piratas del 1200. ¿Y yo? Bien interesante: haciendo publicidad y redes sociales. Salí con mi maleta rota y no estaba el taxi que reservé, me dio tristeza porque yo siempre había querido llegar a un aeropuerto y que hubiera alguien con un letrero con mi nombre. Aproveché para sacar dinero, creo que la mejor decisión que he tomado es sacar una tarjeta de débito HSBC, hay cajeros por todo el aeropuerto y no tienes que estar cambiando de Euros a Liras Turcas.

Di vueltas tratando de encontrar una forma de llegar a mi hotel, hasta que una mujer que se llama “Agua” me vio perdida y me consiguió un taxi barato, ella estudia español en la escuela y fue feliz practicándolo. Llegando a mi hotel empecé a escuchar una música rara que invadía todo el espacio: era el llamado a la oración. No puedo explicarles la belleza de ese canto que —de tan bonito— parece música salida del cielo. ¡Qué cosa! Esta cultura se me hace lo mejor, me llena el corazón oírlos hablar, cantar y moverse, son increíbles. Hasta te dan ganas de rezar con esos llamados.

Quería salir a cenar y resulta que ya no era hora para ir a donde tenía planeado (llegó tarde el vuelo) pensé que lo mejor era preguntar en recepción. Nada más llegué y va el monito a sacarme un folleto.

—¿Has ido ahí?— Le pregunté, respondió que no. —¿Entonces por qué me mandas? No quiero folletos, no quiero chinos, no quiero viejitos alemanes. ¿En dónde cenas tú?

—Pos si quieres ir a donde yo ceno, ven a cenar conmigo. Salgo a las 11:00, para que no te dé hambre te regalo un pastel.

Me comí el pastel que estaba horrendo y tomé nota mental: “no debes comer en este hotel”. Como faltaban 2 horas me fui a caminar esperando que fueran las 11:00. En Estambul hay muchos gatos y son bien buena onda, me la pasé acariciándolos, ¡Unos hasta se pelearon por mi amor! Ahí iba yo por la calle acaricie y acaricie gatos cuando se me apersona un turco. Han de saber que hay 3 tipos de turcos: los gordos, los guapos y los que parecen chinos (porque todos son iguales). Éste era de los chinos, se llama Alí, me agarró de la mano, me dijo que yo era muy sexy y que ya era su esposa. Caminaba bien campante de la mano del tal Alí cuando se puso feo el camino y mejor le pedí que regresáramos, bien apuntado Alí me pidió que

fuéramos a su casa a consumar el matrimonio. Corrí despavorida y me metí a una tienda de dulces.

Todo, TODO tiene pistache, es como una dulcería mexicana pero con cosas raras, el de la tienda muy amable me dio a probar los ​Turkish Delight que son gomitas de miles de sabores. ¡No sabía ni a donde voltear! Por fin escogí una ​baklava miniatura, me la dio y me dijo: para ti, por ser guapa. Salí de ahí feliz con mi mini dulce regalado. Estos cabrones deben perder millones por andar de galanes.

Me metí a cenar a un lugar medio sórdido porque pensé que justo por eso sería más auténtico. Fue un problema darme a entender, sólo sabían decir “​chicken​” ¡Pos dale, denme chingado chicken​! Y me trajeron un plato con albóndigas, papas, una ensalada de jitomates con pepinos y jugo de granada fresco. El mesero era igual a Alí y por un momento me espanté pero luego ya me di cuenta de la existencia los turcos como chinos y me tranquilicé.

Saliendo de cenar seguí caminando hasta llegar a una ​Calle llena de foquitos.​ Como mariposa en lámpara fui a ver la luz. Era una zona de restaurantes y cafés, con turcos bailando, gritando, cantando, comiendo y siendo felices. No hay forma de no enamorarse de una ciudad que baila y canta así, de sus foquitos de colores, de su música llena de magia y de sus turcos que huelen a perfume delicioso. Tomé un té dulce, dulce, sentada viendo las luces y pagué 1 lira turca o sea $6 pesos mexicanos. Regrese a mi hotel por una chamarra para ir a cenar con el de la recepción, a ver si es cierto que es el mejor lugar de Kebabs.

El recepcionista se llama Ugur, lo vi en la esquina porque tiene prohibido salir con huéspedes, caminamos por un buen rato sosteniendo una conversación medio forzada. Yo, iba cual china tome y tome fotos. ¡Tanto que los critiqué en Roma y estaba como ellos! Aunque Ugur trabaja en mi hotel y sería muy raro que me hiciera algo, iba memorizando las calles para poder regresar si algo pasaba. Al final llegamos a una zona en que sólo había hombres. ¿Querías local? Me dijo, esto es local pero no puedes venir sola y me agarró de la mano. Algo tienen estos turcos con agarrar la mano, como que es algo importante porque aprovechan cualquier oportunidad para andar ahí paseando agarraditos.

Llegamos por fin a ​Urfalım Ocakbaşı, ​Ugur pidió por los dos. Yo no entendía nada, sólo vi que empezaron a traer platos con perejil, cebollas condimentadas, jitomates con pepinos y col morada. De tomar Ayran, que es una bebida salada de yogurt y por supuesto los Kebabs. ¡Qué maravilla! Me enseñó a comerlos, cortando pedazos de un pan que no es pita —es una tortilla de harina más chiclosa— con los que agarras trozos de carne, puedes agregarle col, cebolla y jitomate, además de una salsa fresca.

No había probado nunca en mi vida un cordero tan perfecto, me dio mucho gusto haberle pedido consejos porque jamás hubiera llegado sola. Acabamos la cena, como el señor recepcionista traía mucha pila quería ir a tomar una cerveza, caminamos por horas mientras yo tomaba y tomaba fotos, el pobre ya no hallaba qué hacer porque entre mezquitas y gatos callejeros que me paraba a acariciar, esto estaba siendo más lento que ir con un viejito en muletas. Total tomamos un taxi y empezamos a ir lejos, lejos, pasamos por palacios que te mueres, miles de mezquinas, luces, gente, coches, ruido. Ya llevábamos 25 minutos en el taxi y empecé a ponerme nerviosa, luego pensé: “Total, si me mata pues muero feliz porque acabo de cenar rico”.

Llegamos a un barrio que se llama Ortakoy, aquí se junta los locales a comer unas papas rellenas junto al Bósforo, los puestos tienen montañas de rellenos distintos, aceitunas, una especie de ​cous cous​, salchichas y verduras. La gente se las come parada o camina con su papa. También hay puestos de ​waffles a los que les puedes poner Nutella de colores, frutas cristalizadas, chispitas, fruta fresca y cuanta chingadera se te ocurra. Me encanta que haya miles y miles de puestos igualitos, uno tras otro, te dan ganas de comerte todo.

La vista en Ortakoy es lindísima porque está junto al puente del Bósforo, me gusta que lo tienen lleno de luces parpadeantes, hay una mezquita iluminada y una bandera turca ondeando para completar el paisaje. Te podrías quedar horas viendo el mar moverse e imaginando cuántas cosas han pasado por esas aguas.

Seguimos caminando y entramos a tomar una chela, empecé a ver a Ugur muy apuntado así que mejor me fui con el pretexto de que mañana me despierto temprano. Regresé al hotel pegada a la ventana del taxi como pez gato, tratando de memorizar cada rincón de Estambul. Si tuviera que decir que mi corazón tiene otro amor además de México, sería definitivamente Turquía.

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Turkish Delight

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Baklavas

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Donde sólo sabían decir chicken

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El chicken, ensalada y jugo de granada

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Restaurantes con coquitos y música, Turquía

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Mesih Paşa Mah, Çapariz Sok.

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Chai turco

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Con lo que acompañas el Kebab

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Ayran

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Kebab

Urfalım Ocakbaşı

Urfalım Ocakbaşı

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Ortakoy

Puente del Bósforo

Puente del Bósforo

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Puestos de waffles, Ortakoy

 

 

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