22 de marzo, Estambul

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La mezquita azul por dentro

El día empezó a las 7:00 am, pasaron por mí para ir a conocer la parte vieja de Estambul. Yo había contratado un guía en inglés pero al ver que hablaba español me pasaron a otro grupo con un pobre guía que hablaba como Tarzán.

La primera parada fue el hipódromo: estuvimos viendo los diferentes obeliscos (que no me parecieron muy interesantes), en cambio las flores y los perros echados en el pasto me encantaron. Les estuve tomando fotos y acariciando. Los perros turcos tienen una plaquita de plástico en la oreja: me contó el guía que el gobierno los vacuna y cuida y con eso llevan el control. Mi amor por Turquía se terminó de consumar al enterarme de esto. ¡Amo esta ciudad que es tan compasiva y amable con los animales!

La segunda parada fue la mezquita azul o ​Sultanahmet​. Desde afuera se ve un complejo edificio lleno de cúpulas que hace que se te encoja el corazón. Para entrar debes quitarte los zapatos y cubrirte la cabeza. Una vez adentro, la magia comienza: mosaicos increíbles cubren todas las paredes, la iluminación por medio de candiles bajos le da a ese edificio un aire místico, uno no sabe qué hacer con tanta belleza. Si pudiera comerme la Mezquita Azul me la comería para hacerla parte de mí. Aquí aún vienen a rezar los musulmanes y pensé que si fuera musulmana vendría todos los días a la hora de la oración y es que con sólo verla te hace imaginarte cómo debieron haberla construido y a los miles de seres humanos que trabajaron en ella y dejaron su alma en cada pedacito de este magnífico edificio.

La tercera parada fue Santa Sofía, que en realidad era una iglesia dedicada a la sabiduría de Dios, ha sido mezquita e iglesia y ahora es sólo museo, ni musulmanes ni cristianos tienen permitido rezar. Es impresionantemente inmensa, en cada una de sus paredes puedes sentir los miles y miles de rezos que ha presenciado.

Según el guía no se puede venir a Estambul y no ver una alfombra turca, así que fuimos a aprender cómo las hacen. Neta, está muy cabrón, una monita está ahí poniendo hilo por hilo, yo ya hubiera mandado a todos al cuerno, ellas dedican meses e incluso años a hacer una sola alfombra. La que me gustó costaba ​€​4,900. ¡Pos no! Como que no me alcanza para comprarla. Nos llevaron a comer comida horrenda a un restaurante infestado de turistas, pero no me importó, esta ciudad es tan linda que así me dieran sopa de piedras, seguiría siendo igual de feliz.

Saliendo de comer conocimos otra de las 3,000 mezquitas que hay en Estambul para terminar el recorrido en el palacio de Topkapi. El palacio mide 700,000 metros cuadrados, pero sólo 80,000 están disponibles para el público, todo está cubierto con mosaicos increíbles que te

hacen perderte en ellos e imaginar cómo habría sido la vida en esta inmensidad llena de riquezas y oro de techo a piso. En este lugar también está la mejor vista de Estambul: de pie ahí puedes ver los 2 continentes y el mar.

Para este punto ya me había amigado de Micaela, Juliana y Mónica, 3 argentinas que tomaron el tour junto conmigo, al darnos cuenta de que éramos muy parecidas y nos caíamos bien decidimos conocer juntas lo que nos faltaba de Estambul. Juliana y yo fuimos solas al ​Bazar de las especias o egipcio​, porque las otras dos tuvieron que irse. En el camino nos topamos con la mezquita nueva y obvio nos metimos. En la entrada de la mezquita está el área de ablución, hileras de llaves con agua donde los musulmanes se lavan pies y brazos para entrar a la mezquita limpios ¡Eso es fe! El frío era intenso y debía ser una verdadera tortura andarse mojando.

Amé el bazar de las especias, afuera ves puestos de semillas donde los pájaros comen campantes. Los turcos son muy compasivos con los animales, acá ya las hubieran espantado. También hay como consultorios de doctores que usan sanguijuelas, nada más de imaginarme me da el patatús. Cuando entras ves un río de colores y olores, tés, especias, perfumes, frutas secas, molinillos, vasos para té, regateos, gritos, gente, gente y gente. Los turcos que tienen tienda hablan todos los idiomas y si aceptas entrar en su local ya te chingaste, porque van a hacer que salgas con algo. Si te ven sin anillo, además de tu mercancía, te darán una tarjeta con su teléfono y el juramento de que tienes su corazón para siempre. Compré varios regalos y encargos y olí un tipo especial de Almizcle que se llama Musk que cuesta 85 liras turcas por 100 gramos ¡A esto huelen los turcos! Es una cosa deliciosa. No me quiero lavar la mano nunca, así conservo su olor, porque está muy caro para comprarlo. Ya me di cuenta que en Turquía me gusta lo caro;; algo tendré que hacer porque no me alcanza para mis nuevas extravagancias.

Saliendo de ahí me fui al hotel con la promesa de encontrarme con mis nuevas 3 amigas mañana, y la firme intención de entrar corriendo y salir como alma que lleva el diablo para evitar a Ugur, el recepcionista, que ya cree que somos novios y me manda mensajes todo el día, me cae bien pero no quiero pasar mis días en Estambul con ese mono apuntado.

La cena fue en Galata Tower, desde que llegué quería ir a Galata Kiva​, donde sirven comida otomana. Leí la carta y todo se me antojó, en dos segundos ya había pedido cebollas rellenas de carne con jugo de granada, una ensalada de alubias con muchas hierbas y granos de granada y una sopa con yogur y carne. Arrasé con todo y aún tenía hambre, pedí consejo al mesero que me trajo un plato de arroz con cordero. No les quiero contar lo que es esto, le ponen mantequilla al arroz y el sabor de maldito cordero es una cosa tan perfecta que hacía ojos de orgasmo con cada bocado. Creo que disfruté tanto mi comida que el mesero me regaló

el postre y el té como premio. Me gustó pero no fue mi hit, eran unas calabazas caramelizadas crujientes y el típico té turco negro y fuerte, en su vaso frágil y hermoso.

Desde que llegué al restaurante un turco barbón con pinta de gitano me observaba: estaba rodeado de gente, cantaba canciones españolas y de vez en vez me volteaba a ver con cierta insistencia. Yo no pelé, era un grupo de puros hombres tomando, se podía oler el peligro a 8000 kilómetros de distancia. Acabé de comer, di vueltas por la zona, y me di cuenta que Ugur todavía seguía en el hotel, tenía que esperar una hora y media más para llegar sin topármelo, así que me fui a sentar junto a los turcos desmadrosos. En ese instante se levantó el barbón gitano y me fue a llevar un cartón para que no me sentara en el piso, más tardé yo en decir que no, que él en servirme un vaso de vino. Sin hacer más preguntas me agarró de la mano y me llevó a sentarme en medio de una bola de turcos, alemanes, italianos y hasta un macedonio llamado Alex.

Y así es como conocí a Antonio, que en una noche me llevaría a recorrer Estambul con los ojos de un turco, a comer bajo el puente Gálata, a tomar té en un café secreto y a entender que los hombres turcos no son todos chinos, gordos o guapos, hay una categoría más y es ésa en donde entra él.

La historia de Antonio

Llegué a cenar sin saber que alguien me observaba: en Turquía es normal tener los ojos de 578 hombres sobre ti, después de un tiempo dejas de darle importancia. Él se dio cuenta cuando llegué, lo que comí, lo que tomé, y por mi forma de portarme creyó que era local. Cuando desaparecí dice que se inquietó un poco, pero luego, cuando me vio sentarme sola le regresó el alma al cuerpo.

Ahí fue cuando hizo su aparición, dándome algo para que no me sentara en el piso y en 32 segundos teniéndome de la mano sentada en medio de una jardinera tomando vino en un vaso de plástico. ​Antonio sonreía rodeado de gente;; ​homeless​, comerciantes de la zona, locos, italianos, unos alemanes desorientados y por supuesto yo, en medio de esa mezcla de personas. En un arranque de emoción se levantó y me pidió mi celular —en México me robaron el teléfono hacía poco y no lo presto tan fácilmente— Antonio, ofendidísimo por la desconfianza, me dio el suyo y me enseñó su reloj. Debió haber sido de una marca buena pero soy fatal para eso, el punto es que quería dejar claro que no necesitaba ni de mí, ni de mi pinche teléfono. Medio apenada le solté mi iPhone y él se puso a tomarme fotos en la torre porque le parecía una lástima que no tuviera una foto en esa belleza de lugar.

Después de hacerse amigo de un nuevo grupo de 15 alemanes, regresamos a la jardinera a seguir tomando. Me dijo que tenían una fiesta pero que primero irían a oír música en vivo y que no me estaba preguntando, yo iba a ir con él. A mí las imposiciones me valen madres porque siempre digo que sí y cuando se descuidan salgo corriendo, así que le dije que sí a todo. En algún momento como si me leyera la mente me dijo: necesitas ir al baño, vamos a la tienda de Alex.

Alex es de Macedonia y se dedica a hacer cosas de cuero, y pues ahí fuimos. La tienda, oscurísima era en un sótano medio tétrico. Al ver esto le dije de broma —Espero que no me traigas aquí para matarme—, me echó unos ojos de indignación tan fatales que mejor cambié el tema. Salí del baño, me regaló una pulsera con una flor dorada y regresamos a la torre a seguir tomando vino con los ​homeless.​ Resulta que el señor Antonio no toma, me di cuenta porque me dio de su vaso y era jugo de manzana, me contó que le cae bien la gente y por eso compra vino para todos. Pronto me dio sueño, me despedí, agradecí la invitación a la fiesta y me dispuse a regresar a mi hotel. Antonio se levantó de un salto, me dijo que de ninguna manera podría dejarme ir sola, se despidió de la bola de gente que lo rodeaba y me dio el brazo para que me apoyara en él.

Antonio tiene 40 años, vive en Berlín a veces en Madrid, otras en Turquía, su papá es turco y su mamá catalana y tiene pinta de gitano, no sabemos a qué se dedica, sólo que hace negocios, que le gusta estar rodeado de gente y que le caen bien los perros. Bajamos a la calle principal y el hombretón ese me agarró de la mano, paró el tráfico en seco para que pasara y no se molestó en inmutarse por los coches que pitaban histéricos. Él quería tomar el tranvía pero la noche estaba tan bonita que era una lástima no caminar;; al preguntarle que si era peligroso ir caminando me volteó a ver con ojos de “no seas tonta” y me dijo —Vienes conmigo, nada es peligroso cuando vengas conmigo.

Caminamos viendo la mezquita de “Suleiman el Magnífico”, con dirección al puente Gálata para cruzar el cuerno de oro, me preguntó que si tenía hambre y cuando dije que siempre tengo hambre pegó un brinco y bajó hacia el puente: ahí en la banqueta se ponen ​Puestos de sándwiches de pescado​. No es aquello nada elegante: cajas de unicel apiladas, una parrilla y pescado fresquísimo recién sacado del mar. El sandwich lo preparan con cebollas, mucho condimento y lechuga, ¡es una maravilla! Pagó sin dejarme siquiera buscar mi bolsa y seguimos paseando entre pescadores a los que Antonio saludaba con un “merhaba” ronco.

Nos sentamos junto al mar a que yo terminara de comer y hablamos de la vida, de que los perros son buena onda, de que los alemanes son fríos y al final sólo me dijo —​Life is life honey​,— para terminar la frase con un —Na, na, na-na-na—. Yo solté una carcajada

El plan era seguir platicando afuera de La mezquita azul, pero se apersonaron otros amigos de Antonio, fuimos a tomar cerveza con ellos a su agencia de viajes, bajo la luz blanca de una oficina vieja, señores desgreñados con trajes desgastados hablaban en turco sentados en su escritorio y yo ahí con mi vaso viéndolos discutir. Hasta que bostecé y Antonio les dijo que ya teníamos que irnos, nos despedimos muy felices y nos encaminamos a mi hotel. Aquí nada es definitivo, aunque ya quería dormir, de pronto, entre mezquitas vi salir a gente de lo que parecía un baño, resultó ser un salón de café ​Çorlulu Ali Paşa Medresesi​, obvio quise entrar, había solo hombres viendo el fútbol, con sus narguiles y vasos de té calientísimo platicaban en voz baja como diciendo secretos, Antonio y yo pedimos té con mucha azúcar y seguimos hablando de la vida.

Me enseñó palabras en turco y me regaló un mapa para que nunca me perdiera, una pluma para que nunca deje de escribir, un gas pimienta para que nada me pase en Capadocia y me enseñó a defenderme de los turcos mientras tomábamos nuestro té. No tengo idea de qué pasa por la cabeza de este hombre, porque sólo está para cuidarme pero no me tira la onda como los turcos normales ni trata de agarrarme la cintura ni nada;; lo único que hace es reírse y decirme que soy lista y le caen bien las mujeres listas. Ya eran las 2:30 de la mañana así que me llevó a mi hotel, en el camino practicamos en la calle cómo usar el gas pimienta, corrimos cual pendejos huyendo de un supuesto ladrón y llegamos a mi destino. Me dio un beso en la frente y me dijo muy serio: espero verte mañana.

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La mezquita azul por dentro

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La mezquita azul por dentro

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La mezquita azul por dentro

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La mezquita azul

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Santa Sofía

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Puestos callejeros, Turquía

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Explicación de tapetes turcos

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Perro feliz durmiendo en Topkapi

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Entrando a Topkapi

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Topkapi, Santa Irene

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Topkapi

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La mejor vista de Estambul, Topkapi

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La mejor vista de Estambul, Topkapi

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La mejor vista de Estambul, Topkapi

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Topkapi

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Topkapi

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mosaicos impresionantes en Topkapi

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Santa Sofía y la Mezquita Azul

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Café turco

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Abluciones afuera de la mezquita

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Mezquita nueva

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Sanguijuelas en el bazar de las especias

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La mezquita Nueva

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Pájaros comiendo de los puestos y nadie les dice nada

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El bazar de las especias

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Especias en el bazar

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Tés, bazar de las especias

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Afrodisiaco turco

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Mi cena en Galata Kiva

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El mejor cordero del mundo. Galata Kiva

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Tienda de lámparas turcas cerca de la Torre Galata

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Yo, con la torre tomada por Antonio

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Antonio y yo

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Tomando con los homeless

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Sándwiches de pescado en el puente Galata

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Tomando chela en la agencia de viajes

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Çorlulu Ali Paşa Medresesi

 

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