25 de marzo 2015, Pamukkale

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Salí de Izmir rumbo a Pamukkale a las 7:40, me tocó en el camión junto a una chava. Las dos veníamos platique y platique en inglés, hasta que me preguntó —¿De dónde eres?— Al enterarse de mi origen mexicano soltó un —¿Y por qué chingados te estoy hablando en inglés?— cargado de acento norteño. Resulta que Gloria es de Sonora, vino con su novio, él ya se regresó y anda paseando sola. Nos fuimos platicando todo el camino bien felices. En esta zona cultivan mandarinas, duraznos, espárragos y fresas. Las carreteras son un desfile de árboles con flores de colores. Si algo tiene Turquía, además de gatos, son flores libres en todos los prados.

Llegamos a comer al lugar con la comida más horrenda de universo. No sé si sabían pero yo tengo una regla: si un restaurante me da comida fea me robo algo, es un desperdicio de tiempo, calorías y dinero además de que te quitan oportunidades de comer algo rico, así que merecen el robo. Me robé una servilleta de tela anaranjada, porque en verdad en una cárcel en Azerbaiyán tendrían mejor comida que esa pinche chingadera. Mal comidas, pero muy ilusionadas, llegamos a Pamukkale, que significa castillo de algodón, el guía habla un inglés como la de ​Ken Li,​ le entiendo la mitad y sólo pongo mi cara de pendeja.

Pamukkale es verde, verde, los prados se extienden bajo el cielo azul intenso, hay esparcidas columnas y restos de los canales que usaban en la ciudad. Por aquí está la puerta de Hades y la alberca de Cleopatra, pero lo que yo quería ver eran las terrazas. Pos ahí vamos camine y camine entre prados llenos de amapolas, ¡son tan lindas las canijas! Pero tienen una belleza frágil, si las cortas duran sólo un día. Vas caminando sin saber qué onda, cuando ¡PUM! se aparece la montaña blanca de mármol en donde se forman las terrazas que se llenan de aguas termales.

La vista es una mamada, blanco inmenso espectacular, con espejos de agua azul clarísimo, algunas terrazas si se llenan y otras no, el problema con esta agua es que tiene tantos minerales que se incrustan en la piedra y se pierde la blancura, por eso hay señoras agachadas picando las piedras para quitar los sedimentos de minerales, gracias a ellas esto puede seguir siendo blanco. Debe ser un trabajo agobiante y cansadísimo, el sol refleja en la blancura y te deja ciego, la posición es incomodísima y sin embargo ellas picaban piedra y sonreían, un día con su chamba y se me jode la espalda para siempre, me siento muy afortunada de tener la vida que tengo.

Antes de poder bajar a las terrazas nos llevaron a la alberca de Cleopatra, te puedes meter a nadar si pagas 32 TL pero obvio yo no traía traje de baño así que sólo la vi, si quieres puedes

comprar uno pero ya el precio se eleva muchísimo y además siento que es plan más romántico meterte, por eso mejor decidí ir a las terrazas. Regresé corriendo, me urgía estar ahí, me quité los zapatos y bajé para explorar la zona, en verdad es algo increíble, la inmensidad del blanco en contraste con el azul claro del agua que las llena, el cielo azul oscuro, el verde del otro lado;; te sientes en otro planeta. Me senté y traté sin éxito de tomarme una ​selfie en donde no saliera con cara de enojada. Me gustó estar en esa inmensidad sintiéndome hormiga, mientras el agua me pasaba por los pies y la vida era simple, estando ahí no piensas en problemas ni tristezas, eres feliz, cien por ciento feliz.

Saliendo de las terrazas fui con Gloria a buscar Amapolas, tenía la idea cursi de sacarme una foto en medio de las flores. Gloria se me quedó viendo con cara de “¡Ándale pues!” Me tardé horas en tomarla, con ninguna estaba contenta porque quería que se vieran todas, ¡es que amo las flores y no tengo una foto en un campo así! No saben, me sentía soñada, cual Heidi. Terminando el paseo me fueron a botar en un hotel para esperar a que fuera hora de irme en el camión rumbo a Capadocia, se me ocurrió ir a comer al pueblo. Pedí cordero, creo que se les acabó a la mitad, porque vi pollo ahí de relleno. Estoy comenzando a entender que en Akköyy (la ciudad en donde está el Castillo de Algodón) tienen comida de la chingada. Ya me resigné

En mis afanes de entender el turco bajé una app para escanear frases y que las traduzca al inglés y jugué a escanear mi boleto de camión mientras comía;; me levanté del restaurante, pagué, compré ​munchies​ en la tienda para mis 13 horas de camión y regresé al hotel.

El recepcionista del hotel me acompañó al ​shuttle y me estuvo contando que nunca ha tenido novia porque le da pena hablar con las mujeres, le di mis mejores consejos románticos y cuando pensé que me iba a pedir mi teléfono llegó el camión, respiré aliviada, no quería ser una más que lo rechazara. Estaba yo trepada en el camión con puro turco cuando a la mitad del camino empecé a buscar el boleto y ¡CACA! Me vino un ​flashback terrorífico y me acordé que lo había dejado en el restaurante de comida horrenda.

Paré el camión a gritos, el conductor me bajó en medio de la nada, botó mi maleta y no me quiso regresar el dinero. Sola, en aquella ciudad desconocida, no supe qué más hacer y me puse a caminar pero como no había visto el camino por ir en la lela, pronto me perdí. Me empezó a entrar una angustia terrible, sólo se veían terrenos y casas apagadas, es como perderte en Amatlán o un pueblo así, con gente que sólo habla Turco, sin teléfono ni internet y menos de 40 minutos para que saliera mi camión rumbo a Capadocia.

Me empecé a paniquear horrible y de pronto dije: “¡A ver Yisus rífate!” Y tú, pendeja, tranquilízate y usa tu sentido de la orientación que es buenísimo. Vi a mi alrededor ubiqué el paisaje y tomé una ruta, iba corriendo con mi maleta pesada y la adrenalina a mil, en 10

minutos llegué al centro y encontré el restaurante. Sudando como un cerdo le pregunté al que me había atendido por mi boleto, su respuesta me heló la sangre: “Uyy ya lo tiré” ¡Casi vomito de terror! Estaba perdida en un pueblo fantasma sin boleto para llegar a mi siguiente destino, además se hacía de noche. Una señora muy acomedida fue a buscar la basura al tiradero a unas cuadras, regresó con una bolsa donde escarbé hasta encontrar mi boleto lleno de líquidos apestosos. Conseguí un taxi en chinga, y llegué a mi camión a tiempo. El cabrón taxista me cobró 50 TL por traerme a la estación desde donde escribo, pero pues ni modo, en la vida (como en los viajes) las pendejadas tienen un precio. En el camión me enteré que en Capadocia, ha estado nevando, temo por mí, pero muero de emoción.

Por si andaban con el pendiente, Antonio me “escribe” diario y digo “escribe” porque no entiende el inglés escrito, sólo hablado y me manda mensajes de voz de whatsapp. Ugur también escribe, no captó las indirectas, me dice que quiere que vaya a vivir con él a Estambul, que Mateo está invitado y puede conseguirme trabajo en una agencia de viajes, algún día se dará cuenta que no le voy a contestar y dejará de planear una vida conmigo.

2015-03-25 10.24.06

Mi galleta favorita de Turquía

Salí de Izmir rumbo a Pamukkale a las 7:40, me tocó en el camión junto a una chava. Las dos veníamos platique y platique en inglés, hasta que me preguntó —¿De dónde eres?— Al enterarse de mi origen mexicano soltó un —¿Y por qué chingados te estoy hablando en inglés?— cargado de acento norteño. Resulta que Gloria es de Sonora, vino con su novio, él ya se regresó y anda paseando sola. Nos fuimos platicando todo el camino bien felices. En esta zona cultivan mandarinas, duraznos, espárragos y fresas. Las carreteras son un desfile de árboles con flores de colores. Si algo tiene Turquía, además de gatos, son flores libres en todos los prados.

Llegamos a comer al lugar con la comida más horrenda de universo. No sé si sabían pero yo tengo una regla: si un restaurante me da comida fea me robo algo, es un desperdicio de tiempo, calorías y dinero además de que te quitan oportunidades de comer algo rico, así que merecen el robo. Me robé una servilleta de tela anaranjada, porque en verdad en una cárcel en Azerbaiyán tendrían mejor comida que esa pinche chingadera. Mal comidas, pero muy ilusionadas, llegamos a Pamukkale, que significa castillo de algodón, el guía habla un inglés como la de ​Ken Li,​ le entiendo la mitad y sólo pongo mi cara de pendeja.

Pamukkale es verde, verde, los prados se extienden bajo el cielo azul intenso, hay esparcidas columnas y restos de los canales que usaban en la ciudad. Por aquí está la puerta de Hades y la alberca de Cleopatra, pero lo que yo quería ver eran las terrazas. Pos ahí vamos camine y camine entre prados llenos de amapolas, ¡son tan lindas las canijas! Pero tienen una belleza frágil, si las cortas duran sólo un día. Vas caminando sin saber qué onda, cuando ¡PUM! se aparece la montaña blanca de mármol en donde se forman las terrazas que se llenan de aguas termales.

La vista es una mamada, blanco inmenso espectacular, con espejos de agua azul clarísimo, algunas terrazas si se llenan y otras no, el problema con esta agua es que tiene tantos minerales que se incrustan en la piedra y se pierde la blancura, por eso hay señoras agachadas picando las piedras para quitar los sedimentos de minerales, gracias a ellas esto puede seguir siendo blanco. Debe ser un trabajo agobiante y cansadísimo, el sol refleja en la blancura y te deja ciego, la posición es incomodísima y sin embargo ellas picaban piedra y sonreían, un día con su chamba y se me jode la espalda para siempre, me siento muy afortunada de tener la vida que tengo.

Antes de poder bajar a las terrazas nos llevaron a la alberca de Cleopatra, te puedes meter a nadar si pagas 32 TL pero obvio yo no traía traje de baño así que sólo la vi, si quieres puedes

comprar uno pero ya el precio se eleva muchísimo y además siento que es plan más romántico meterte, por eso mejor decidí ir a las terrazas. Regresé corriendo, me urgía estar ahí, me quité los zapatos y bajé para explorar la zona, en verdad es algo increíble, la inmensidad del blanco en contraste con el azul claro del agua que las llena, el cielo azul oscuro, el verde del otro lado;; te sientes en otro planeta. Me senté y traté sin éxito de tomarme una ​selfie en donde no saliera con cara de enojada. Me gustó estar en esa inmensidad sintiéndome hormiga, mientras el agua me pasaba por los pies y la vida era simple, estando ahí no piensas en problemas ni tristezas, eres feliz, cien por ciento feliz.

Saliendo de las terrazas fui con Gloria a buscar Amapolas, tenía la idea cursi de sacarme una foto en medio de las flores. Gloria se me quedó viendo con cara de “¡Ándale pues!” Me tardé horas en tomarla, con ninguna estaba contenta porque quería que se vieran todas, ¡es que amo las flores y no tengo una foto en un campo así! No saben, me sentía soñada, cual Heidi. Terminando el paseo me fueron a botar en un hotel para esperar a que fuera hora de irme en el camión rumbo a Capadocia, se me ocurrió ir a comer al pueblo. Pedí cordero, creo que se les acabó a la mitad, porque vi pollo ahí de relleno. Estoy comenzando a entender que en Akköyy (la ciudad en donde está el Castillo de Algodón) tienen comida de la chingada. Ya me resigné

En mis afanes de entender el turco bajé una app para escanear frases y que las traduzca al inglés y jugué a escanear mi boleto de camión mientras comía;; me levanté del restaurante, pagué, compré ​munchies​ en la tienda para mis 13 horas de camión y regresé al hotel.

El recepcionista del hotel me acompañó al ​shuttle y me estuvo contando que nunca ha tenido novia porque le da pena hablar con las mujeres, le di mis mejores consejos románticos y cuando pensé que me iba a pedir mi teléfono llegó el camión, respiré aliviada, no quería ser una más que lo rechazara. Estaba yo trepada en el camión con puro turco cuando a la mitad del camino empecé a buscar el boleto y ¡CACA! Me vino un ​flashback terrorífico y me acordé que lo había dejado en el restaurante de comida horrenda.

Paré el camión a gritos, el conductor me bajó en medio de la nada, botó mi maleta y no me quiso regresar el dinero. Sola, en aquella ciudad desconocida, no supe qué más hacer y me puse a caminar pero como no había visto el camino por ir en la lela, pronto me perdí. Me empezó a entrar una angustia terrible, sólo se veían terrenos y casas apagadas, es como perderte en Amatlán o un pueblo así, con gente que sólo habla Turco, sin teléfono ni internet y menos de 40 minutos para que saliera mi camión rumbo a Capadocia.

Me empecé a paniquear horrible y de pronto dije: “¡A ver Yisus rífate!” Y tú, pendeja, tranquilízate y usa tu sentido de la orientación que es buenísimo. Vi a mi alrededor ubiqué el paisaje y tomé una ruta, iba corriendo con mi maleta pesada y la adrenalina a mil, en 10

minutos llegué al centro y encontré el restaurante. Sudando como un cerdo le pregunté al que me había atendido por mi boleto, su respuesta me heló la sangre: “Uyy ya lo tiré” ¡Casi vomito de terror! Estaba perdida en un pueblo fantasma sin boleto para llegar a mi siguiente destino, además se hacía de noche. Una señora muy acomedida fue a buscar la basura al tiradero a unas cuadras, regresó con una bolsa donde escarbé hasta encontrar mi boleto lleno de líquidos apestosos. Conseguí un taxi en chinga, y llegué a mi camión a tiempo. El cabrón taxista me cobró 50 TL por traerme a la estación desde donde escribo, pero pues ni modo, en la vida (como en los viajes) las pendejadas tienen un precio. En el camión me enteré que en Capadocia, ha estado nevando, temo por mí, pero muero de emoción.

Por si andaban con el pendiente, Antonio me “escribe” diario y digo “escribe” porque no entiende el inglés escrito, sólo hablado y me manda mensajes de voz de whatsapp. Ugur también escribe, no captó las indirectas, me dice que quiere que vaya a vivir con él a Estambul, que Mateo está invitado y puede conseguirme trabajo en una agencia de viajes, algún día se dará cuenta que no le voy a contestar y dejará de planear una vida conmigo.

2015-03-25 13.03.30

Verde Pamukkale

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Las terrazas, Pamukkale

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Las terrazas, Pamukkale

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Las terrazas, Pamukkale

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Las terrazas, Pamukkale

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Yo despeinada

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Señoras removiendo los sedimentos para que la piedra se mantenga blanca

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La alberca de Cleopatra con gente romanceando

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Las terrazas de Pamukkale

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No siempre las llenan por que el sedimentos del agua mancha la blancura de la piedra

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Amapolas en Pamukkale, en Abril es cuando más hay

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Yo y mi foto cursi de Heidi

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Más amapolas hermosas

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Así venden el helado del que les conté cuando estaba en Estambul

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El helado turco se estira como chicle

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El hermoso y muy poblado pueblo de Pamukkale

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Aquí andaba perdida sin saber como regresar a un lugar seguro

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El súper raro donde nos abandonaron en medio de la carretera

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Mi cena con lo único rico que había

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El baño donde haces hincada



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