27 de marzo 2015, Capadocia

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Hoy me levanté a las 5:00 porque iban a pasar por mi 5:30 para volar en globo. ¡Por fin vería Capadocia desde el cielo! Salí de mi cuarto esperando ver ya varios globos en el aire pero no había nada, en la espera me amigué de unos pobres ingleses que llevaban desde las 4:30 en el frío, a las 6:00 todos nos rendimos y dimos por hecho que los globos habían valido madres. Me metí a mi cuarto a arreglar la maleta que traía hecha un desastre y a las 8:00 fui por el desayuno perfecto lleno de platitos que sirven en el hotel.

Me encontré de frente con Hassan que traía una mirada de pájaro herido. Ayer me invitó a una montaña lejana a ver la vista de Capadocia y a tomar vino, la verdad la idea de ir sola con él a un lugar sin personas lejos de todo y en la noche me dio terror, no porque el hombre fuera malo pero uno nunca sabe. Se me quedaba viendo con una mezcla de tristeza e interrogación y lo único que se le ocurrió para romper el incómodo silencio fue llevarme una paloma. Y ahí andaba yo con la paloma sin saber a ciencia cierta qué hacer con ella. Alí, el recepcionista, me explicó: lo que él quería era que la liberara. El pobre animal asustado salió volando como alma que lleva el diablo mientras Hassan aplaudía.

Justo en ese momento me entró la culpa por haber decepcionado al pobre de Hassan, pensé que chance solo quería que viera Capadocia sin malas intenciones y al verlo todo triste me puse a llorar como una idiota en el desayuno entre bocado y bocado me ahogaba con mis lagrimones que no tenía forma de detener. Total, encontré la forma de dejar de llorar, acabé de desayunar, saqué mis cosas del cuarto gigante y esperé mi tour del día, no sin antes pelearme con los cabrones del globo por dejarme esperando sin avisarme nada.

El tour llegó junto con mis amigos argentinos: Roberto es la persona más chistosa del mundo, no paro de reír, me encanta que esté en el tour porque con el guía tan mal encarado que nos tocó más me valía tener de qué reírse, eso de ver un montón de piedras sin sentido era muy aburrido. Ahí íbamos todos consternados por la falta de explicaciones cuando de pronto el guía en español se bajó del camión y abandonó al pobre Mustafá, el otro guía que no sabe ni jota de español. Me le acerqué a ofrecerle mi ayuda y a partir de ahí fui la guía oficial, él hablaba yo traducía. Hasta tenemos nuestra foto de guías.

Estábamos en el Valle Rojo en donde cultivan uvas para producir vino y ​Raki (la bebida alcohólica turca que se hace llamar leche de león porque te da valor) se veía tan raquítico y seco aquello que Roberto me cuestionó el tema del cultivo, al no tener respuestas para él cambié el tema, como cualquier otro guía profesional lo hubiera hecho. Mustafá nos contó que

la gente cosecha frutas y luego las viene a guardar a las cuevas de por acá, donde se mantiene frescas por meses y meses. Luego pueden ser vendidas carísimas fuera de temporada.

Han de saber que los turcos cuando son chiquitos plantan unos árboles que se llaman ​Kawak​, entre 10 y 15 según el terreno, esos árboles no dan frutos pero cuando llega el momento de casarse los cortan y los venden. Por cada uno pueden recibir 3,000 liras turcas y con eso compran el anillo de compromiso y pagan la boda por lo que dicen que el fruto real de los kawak​sonlosbebés.ElValleRojoestállenodeK​ awaks​.

Empezamos a caminar metiéndonos en las montañas, avanzamos tanto que me alegré de que el guía en español se hubiera largado, verán, es igualito al asesino de ​Scream y no fuera a ser la de malas metidos en medio de la nada. Mustafá, en cambio, es buena onda y parece borrego cimarrón: nos hizo treparnos a una bendita iglesia con una subida tan empinada que Roberto dijo que tendríamos que bajar de ​culipatín,​ o sea arrastrándonos con el culo. Y si, así tuvimos que bajar. Al poco rato ya todos parecíamos borregos cimarrones, escalábamos libres hasta que llegó un punto en el que perdimos a Mustafá y sólo nos empezamos a reír nerviosos porque si nos quedábamos varados seguro estaríamos muertos en horas.

Cabrones cristianos que se ponían a hacer sus iglesias y casas en medio de la nada si hoy, que somos seres civilizados, es complicado llegar ya me imagino en esas épocas. ¿Quién iba a encontrar al cristiano ahí metido en el cerro como cabra? Eso sí, es impresionante su fe y su afán de oficiar misas en esas condiciones. También es chistoso ver que muchos de los frescos que cubren las capillas no tienen cara porque cuando llegaron los musulmanes que no pueden adorar ídolos se las borraron. Hay algunos destruidos y marcados con letreros de “Fulanito estuvo aquí” Mustafá nos contó que son tantos que es imposible cuidarlos a todos, por eso tienen que confiar en que la gente respete, lo que claramente no pasa. Salimos aturdidos y maravillados, esas extensiones enormes de rocas rojas en contraste con el cielo azul te dejan lelo, nunca había visto un paisaje tan raro y tan bonito.

Comimos rico todos muertos de risa de las ocurrencias de Roberto y mis historias de amor turcas con Ugur, Alí el turco chino y por supuesto Antonio. La siguiente parada fueron las ciudades subterráneas a 30 kilómetros en coche. Para este momento ya se había notado que mis habilidades de traductora turco – inglés – español estaban para hincarse a pedir disculpas, así que trajeron a Jairu a sustituirme;; ni las gracias me dieron por mi esfuerzo, sólo Roberto me dijo que hacía igual de bien mi trabajo que el guía anterior que nos decía: “Ahí hay castillo, vayan 10 minutos”.

Libre de trabajo, con Jairu al frente, entramos a esas ciudades que usaban para protegerse de las invasiones de los árabes. Las casas tenían entradas secretas y cuando venía un ataque

¡PUM! todos para abajo en chinga: en la profundidad de sus túneles vivían casi como en la superficie con cocinas, iglesias, fábricas de vino y cementerios. Todo está bien ordenado entre miles y miles de pasadizos extraños, pasaban sus días a salvo viviendo como topos. Obvio Jairu nos dijo que cuidáramos nuestra cabeza, obvio se me olvido y me pegué 237 veces. ¡No es mi culpa ser tan alta!

Esta ciudad subterránea tiene 8 pisos y se conecta con otras que están hasta a 10 km de distancia. Es una maravilla que estos compadres hayan logrado hacerla sin aparatos y máquinas excavadoras. Sólo con sus manos y picos. El instinto de supervivencia del ser humano es impresionante. ​Después de reflexionar un rato les dije a los del tour que si fuera enemigo agarraría y prendería fuego a la ciudad subterránea y los dejaría haciéndose barbacoa, todos me vieron con cara de terror y siguieron su camino rápido alejándose de la asesina incendiaria que era yo en potencia.

Nada más sales de la oscuridad, ciega como murciélago, y te atacan vendedores. Compré un cojín a 50 liras turcas porque el pobre señor no había vendido nada y tenía unos ojos de venado lampareado, gracias a su chantaje ya tengo cojín tradicional turco carísimo. ​La siguiente parada fue el valle de las palomas que está padre pero pues ya no hay palomas porque se las han comido, yo creía que las respetaban porque en teoría son hadas hechas pájaro pero resulta que no tanto. Desilusionados por el valle ese, para alegrarnos nos llevaron a ​Özler Onyx​, ​joyería y fábrica de Onyx, la buena noticia es que había zultanita, la piedra de la que me enamoré en Kirkinca.

Neta no sé cómo hay gente que ama los diamantes existiendo maravillas como ésta que cambian de color según la luz y pueden llegar a tener hasta 13 tonos TOTALMENTE diferentes. Nunca compro joyería pero me encantó un anillo y necesitaba tener esta piedra, lo compré sin dudarlo pensando que los 170 USD que me costó son dinero bien invertido. Salí feliz con mi nueva joya y feliz con Capadocia.

Me fueron a llevar al hotel para recoger mi maleta y me esperaba Hassan con sus ojos de pájaro triste, quería otra vez llevarme a la montaña pero yo ya no podía porque me tenía que ir. Le di un abrazo a todo el staff y me despedí de ellos. Es un gran hotel, tienen perros, los dueños están ahí y te llevan palomas a que las liberes, la cocina es increíble y te hacen sentir en casa aun estando en el medio de Turquía. La despedida me dejó triste el corazón. Teníamos que esperar para ir al aeropuerto así que fuimos a tomar café y a platicar de la vida, Roberto, Silvina y yo. Nos reímos de Peña Nieto, del gobierno de Argentina, del guía malísimo y del mexicano gordo que creímos se iba a quedar atorado en un túnel de la ciudad subterránea como un corcho.

Llegué feliz al nuevo hotel de Estambul, el primero que escogí era una caca, éste es una cosa hermosa, amplia y lujosa que incluye baño turco y 67 comidas al día, además está junto a la mezquita azul. Me gustó tanto que cuando regrese me pienso quedar aquí de nuevo.

En Capadocia estaba agotada pero nada más puse un pie en Estambul y traigo pila para rato, quiero aprovechar al máximo las 24 horas que me quedan aquí. Mañana voy a salir con Antonio a recorrer las calles con los ojos de un local, pero en lo que eso pasa voy a ir a ver la mezquita azul. Es viernes por la noche y como dice mi buen amigo turco Hassan, Turquía nunca duerme.

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Desayuno Turco

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Hassan con Prince y el perro nuevo

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La paloma que capturó Hassan

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Hassan llevando la paloma

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Yo liberándola con cara de terror

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Los árboles que dan bebés 😉

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Mustafá y yo con nuestra foto de guías

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Capillas en las cuevas

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frescos sin caras, Capadocia

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El Valle Rojo

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El Valle Rojo

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El Valle Rojo

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Subiendo a una capilla escondida, Capadocia

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La entrada toda estrecha de la capilla

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Frescos sin protección a los que les borraron la cara

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Capilla escondida

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Mustafá explicando mientras yo que se supone soy la guía en español, pendejeo

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Vista desde la capilla, Capadocia

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Sigo acá pendejeando, pobre Mustafá

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Bajando de la capilla de culipatín

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El valle rojo, Capadocia

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El valle rojo, Capadocia

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Como sabe que amo las flores, Mustafá me tomó una foto con estas

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El Valle Rojo

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Dentro de las ciudades subterráneas

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El valle de las palomas

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Mustafá, Jairu y yo

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Yo acá feliz en el valle de las Palomas

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Anillos de Zultanita

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La despedida de Hassan

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La selfie de Alí

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Sura Hagia Sophia Hotel, LO AMO

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Hola de nuevo Mezquita Azul

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