26 de marzo 2015, Capadocia

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Se supone que eran 13 horas de camino pero fueron 11, a la hora de haber partido nos fueron a botar a una especie de centro comercial en medio de la nada para que cenáramos. Lo único que había para comer ahí era como un tipo chino de centro comercial pero de comida turca fea, creo que ya les había contado que la gastronomía no es el fuerte de esta ciudad. Sólo pedí un plato de frijoles y arroz que sí es rico porque le ponen mucha mantequilla. Me atraganté todo, tenía terror de que me dejaran ahí, además compré ​munchies en una tienda rara, ya sabemos que tengo paranoia y necesito llevar un arsenal de comida porque según yo cada viaje largo me expone a un apocalipsis zombie y debo estar preparada.

Bastante espantada estaba ya con la parada en ese centro comercial horrendo, cuando descubrí que el camión no tiene baño ¡13 horas ahí sin baño! Bajé corriendo a hacer pipí;; acá a veces hay baños bien y otras como ésta, eran de los baños en donde haces en cunclillas. Pos ya, ni tenía ganas pero mejor ir. Gracias a Yisus no me tocó nadie junto así que me hice bolita de 7876 maneras distintas despertando a ratos, la verdad no se me hizo tan grave. El camión se para cada 2 horas en pueblos perdidos para que vayas al baño, en donde me bajé tenías que ir atrás de un edificio en la oscuridad y me imaginé a alguien saltando atrás de mí y llevándome secuestrada para siempre.

Ya nunca volví a bajar al baño, me despertaron llegando a Capadocia. En cuanto pisé esta tierra mágica me quedé hecha una pendeja con la vista. Imagínense un paisaje color arena tapizado de montañas puntiagudas con un cielo entre rosa y azul claro lleno de globos aerostáticos flotando tranquilos entre la bruma mañanera. No hay forma de ver eso y permanecer indiferente, es como un sueño loco e increíble.

Los de mi tour no estaban en la estación (porque el chofer mala copa me bajó en otra) yo en vez de enojarme me amigué de un señor acomedido que me cobró 10 TL por llevarme al Nostaljic Cave Suite Hotel. ​Eran las 5:30 de la mañana, obviamente todos estaban dormidos y mi cuarto no estaba listo. Cuando el recepcionista despertó y me informó la situación, me salió la princesa que llevo dentro. Ni en drogas iba yo a irme a recorrer Capadocia sin antes haberme bañado. Me puse una enojada de esas mías, Alí el de la recepción, en un intento de parar mi furia me dejó usar el baño de la mejor suite para bañarme.

Ya bañada y lista fui a desayunar un desayuno típico turco, pepinos, jitomate, quesos, aceitunas, mermeladas, pan, té. Te van trayendo platitos diminutos llenos de comida hasta que llenan la mesa, me encantó porque me sentí en casa de muñecas, además de que es una delicia. Desayunada y lista, salí a esperar a los del tour. En eso salieron 2 perros: una golden

clara que se llama Princess y un golden oscuro, Prince. Corrí a jugar con ellos y a darles besos, el dueño del hotel me vió ahí tirada rodeada de perros y se puso a reír súper fuerte. Estaba jugando feliz cuando se me apersona y me dice muy serio: hemos decidido darte un ​Upgrade,​ tu cuarto será la mejor suite del hotel, puedes pasar de una vez. Creo que mi actitud con los perros le derritió el corazón. El hotel es dentro de una cueva, cada cuarto es único, el mío es de dos pisos, con jacuzzi, cama gigante, sala, un rinconcito lleno de cojines para acurrucarte y una mesa con gomitas, té y frutas secas. ¡Yo que pensaba que no tendría un mejor hotel que el de Nápoles!

Por fin pasaron los del tour y en una de las paradas se trepó Juliana, con quien había estado recorriendo Estambul, nos saludamos bien felices de tener a alguien conocido con quien platicar. Fuimos a ver formaciones rocosas que se llaman el valle de las hadas porque se cree que ahí vivían antes, una vez la madre hada (jajajaja) se enojó con ellas y las convirtió en palomas. Desde ese día las palomas tienen sus casas en las montañas y en Capadocia las cuidan, por eso aquí casi no hay gatos. Seguimos el recorrido, vimos cómo hacen la cerámica local y hasta hice un cuenco todo cucho con un hoyo en la base, o sea, no soy buena para la cerámica.

Nuestro guía tenía hueva o cruda así que nos decía: este es el museo al aire libre, vayan, tienen 30 minutos. Íbamos todos juntos con cara de Pendejos metiéndonos en todas las cuevas y todas las capillas sin entender ni jota. A la veinteava pinche capilla igualita desistimos de entrar a todas. Me senté resignada junto a Roberto un señor argentino que rezongaba tan chistoso del guía que me traía muerta de risa. Nos llevaron también a una capilla que no sé qué chingados sea porque el guía sólo dijo —Capilla, vayan. Y luego a un castillo al que el guía gritó —¡Castillo, 10 minutos! Gracias a Yisus otro hombre se compadeció de nosotros y nos explicó que era un castillo de 25 niveles construido en la cueva y que tenía una posición estratégica para ver si los atacaban y poder defenderse a tiempo.

Necesitaba un banco porque ya se me acababa el dinero, y aquí volví a ser feliz de tener HSBC, neta hay en todos lados, es una bendición, los demás cajeros no tienen siempre opciones en inglés y te piden datos raros, me hizo sentir muy segura traer esta tarjeta. Regresamos a nuestros hoteles todos con cara de interrogación para alivio del guía crudo que por fin se había librado de nosotros.

En cuanto llegué busqué a Princess y Prince, pregunté por ellos a un señor y me llevó a ver un caballo. Ta’ bueno pues ​horse y ​dog no se parecen pero hagamos de cuenta que es un perrote. En eso salieron gordos y felices Princess y Prince, y yo ya juzgando al pobre hombre que todo acomedido me estaba ayudando. Venía bien feliz caminando con los perros cuando me encuentro al dueño de hotel, al verme me recomendó no perderme el atardecer. Había que

subir una escalinata enorme para llegar al mirador, justo cuando iba a subirla se apersonó el dude que me llevó a ver el caballo y me dijo que él me llevaría en coche. Y ahí vamos cerro arriba en un Mercedes viejito. El camino se empezó a volver horrendo pero la vista te dejaba sin respiración. No había nadie alrededor, eran campos y campos en la cima de una montaña, el monito extendió una cobija y sacó vino. Yo pensé “¡Ándale qué romántico éste!” Y me puse medio a la defensiva.

Nos sentamos a ver la ciudad mientras el sol se ponía: Capadocia está llena de picos que parecen elefantes sentados, las cuevas inundan el paisaje color arena que se va iluminando poco a poco conforme la noche cae, algunos globos vuelan a lo lejos como si fueran hadas gordas, el silencio es apabullante, casi, casi, se puede sentir el espíritu de todos los que vivieron escondidos en esas cuevas. El hombre se llama Hassan, es socio del hotel, tiene una empresa de electricidad y este hotel era su casa, en el baño de mi cuarto vivían las gallinas. Me contó que es casado, tiene dos hijos y que no es feliz haciendo electricidad porque él quiere vivir del turismo pero no habla bien inglés y por eso su socio maneja el hotel. Le dije que la vida era muy corta para estar haciendo pendejadas, que aprendiera inglés bien y siguiera su sueño. Mientras le decía eso me repetía las mismas palabras a mí misma, quiero vivir de algo que me apasione y me haga inmensamente feliz pero para lograr eso no puedes tener miedo.

Con mis palabras alentadoras aún flotando en el aire, Hassan fue enseñándome todos los edificios en donde él había instalado la electricidad, señaló con el dedo la zona donde vivía ahora y trataba de responder mis preguntas en un inglés entrecortado, mezclado con turco y grandes espacios de silencio. La vista era impresionante pero hacía tanto frío que temblaba de pies a cabeza, además me daba cosa quedarme ahí tan noche. Le dije a Hassan que quería regresar a cenar y él me hizo prometerle que terminando lo acompañaría a una montaña lejana a ver Capadocia desde otro ángulo.

Nos subimos al coche y empezó a manejar hacia arriba. Pensé “si valgo madres por lo menos tuve la mejor vista del mundo hoy”. En eso, para mi gran alivio, dio la vuelta y comenzó a bajar. Resulta que en el restaurante cocina su familia, fue así cómo comenzó el hotel: cocinaban tan rico que un día el socio lo convenció de abrir ​Nostaljic Cave Suites. Pedí la especialidad de la casa, un cordero que se hace en una olla de barro que hay que romper para comer, la carne se cuece en su jugo haciendo de esto una delicia, además lo acompañé con hojas de parra, arroz y ​Ayran​. Hassan me observaba comer con mirada tímida y cuando terminé me preguntó que si quería aprender a hacer café turco. ¡Obvio aplaudí como foca! Fuimos a la cocina y preparé mi café, me encanta el café de aquí y me sentí feliz de saber hacerlo.

Me gusta mucho Capadocia y hubiera sido lindo ir con Hassan a ver la montaña lejana pero recordé las advertencias de Antonio sobre Antalya y el gas pimienta que me regaló, medio

espantada, me fui a mi cuarto gigante desde donde escribo esto metida en el jacuzzi comiendo mi galleta favorita de Turquía.

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Mi hotel, Nostaljic Cave Suite Hotel

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La vista impresionante de Capadocia

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Yo y el jacuzzi prestado

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Desayuno turco

 

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Capadocia y yo

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Princess

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Mi cuarto increíble

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Los edredones turcos son lo más hermoso y caro ever, Mato por uno así

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Capadocia, el valle de las hadas

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Capadocia, el valle de las hadas

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Capadocia, el valle de las hadas

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Roberto mi amigo chistoso

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Capadocia y sus formaciones rocosas

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Capadocia y sus formaciones rocosas

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Puesto de antigüedades

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El museo al aire libre

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Desde una cueva en el museo al aire libre

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Yo y un rayo de sol

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El castillo

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Capadocia desde las alturas

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Hassan preparando el vino y la cobija

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Capadocia al atardecer

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El camino de terror por el que íbamos

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Mi cena, cordero en ese recipiente de barro que rompen

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Cena feliz en Nostaljic Cave Suite Restaurant

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Aprendiendo a preparar café turco

 

 

 

 

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