80 años de baile en el Los Ángeles 

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Hay algo de magia en este lugar destartalado, al entrar se pueden ver las mesas llenas de vasos de plástico con platos de unicel llenos de chicharrones, papas y rebanadas de pastel como de fiesta de oficina.

La banda toca al fondo subida en su escenario, contemplando desde las alturas a los parroquianos de siempre, ya se saben sus pasos de memoria, cada uno tiene su estilo y no lo cambia, 40 años seguidos de bailar todos los domingos han hecho que sus movimientos sean precisos y automáticos, pero no por eso menos disfrutables.

Este día no fue igual, atrás quedaron las mesas destartaladas, los borrachines alegres, las señoras enlentejueladas, del lugar desolado y encantador que visito domingo tras domingo no quedaba nada. Ese día era el aniversario y la gente se arremolinaba en la puerta, empujándose para pasar, guaruras esperaban en la puerta, señoras taconudas, mirrreyes alternativos, gente cool, rockstars, medios, hipsters, viejitos, todos ahí listos para bailar aunque nunca antes bailaron, sacándole brillo a una pista que jamás habían pisado, o tal vez si, pero que llevaban años sin visitar, disfrutando de la magia de un salón que tiene un alma relajada y feliz sin merecerlo, porque ninguno de estos personajes son clientes o al menos no el 90% de los que asistieron esa noche a bailar alzando los brazos o brincoteando sin gracia como si cualquier ritmo de bailara igual.

Ahí estaban ellos, felices, gritando, bailando, sintiéndose cool, pero no estaba Julio, el bailarín más amoroso del mundo que va todos los domingos con su camisa vino y su corbata negra, no estaba David el Pachuco que tiene 33 trajes y acaba de mandarse a hacer uno naranja. No estaba Alejandro mi entusiasta amigo tepiteño que cada domingo va a olvidarse de que los coreanos están invadiendo su barrio y sacándolo del negocio. No estaba ninguno de esos entrañables clientes que domingo tras domingo, martes tras martes mantienen a este lugar a flote, preservan la tradición de bailar por el gusto, de ir a pedirle a la mujer con una leve reverencia que los acompañe en esa pieza para luego darle vueltas alegres por la pista y al finalizar la canción llevarla de nuevo a su mesa dándole las gracias.

Ninguno de ellos estaba, ninguno pudo pagar los $450 o $250 que costaban los boletos (VIP y normales) sin ellos este salón no es nada, me sentí desilusionada. Una parte de mi amaba ver este lugar lleno a reventar, porque lo merecen. Pero la otra parte de mi estaba triste y por eso no me quise quedar, me fui temprano contra mi costumbre de quedarme hasta que el cuerpo aguante.

No tenía con quién bailar, mis parejas de siempre no habían podido pagar la entrada y quienes estaba ahí no entendían un carajo de como se maneja ese salón, bailaban en bolitas, sin sacar a bailar a desconocidos, bailaban sin respeto, bailaban sin corazón. No pude soportarlo, me hicieron falta mis amigos de los domingos, los señores borrachos que siempre sonríen, me hicieron falta mis canciones, me hizo falta el Los Ángeles verdadero con su gente de siempre, con su encanto destartalado, con sus 80 años de tradición.

Quienes debieron estar ahí festejando son los clientes habituales, los que hacen que este lugar siga vivo. Los otros también si quieren, pero no sin los de siempre. Me duele mucho cuando un lugar no le da la importancia a sus clientes, cuando no les devuelve la lealtad, cuando no les corresponde con respeto y cariño.

Me fallaste Los Ángeles, pero sé que tú no eres así, porque la señora Armida (mamá del dueño) tampoco fue ese día, porque ella va los domingos, y yo a ella la adoro con sus uñas nacaradas y su sonrisa perpetua, con sus manos llenas de pecas y arrugas bonitas y se que ella si entiende de estas cosas que a mi me causan tanta angustia. Seguiré yendo los domingos a bailar con Billy Graham y a escuchar sus historias, a darle un abrazo a Arminda, a saludar a Julio y a tomar cubas en vasos de plástico, espero que en el próximo aniversario no olviden a sus clientes frecuentes y les den el lugar que merecen, queda esperar un año para ver si al festejar puedo hacerlo con los que le dan alma y vida semana tras semana a este salón .

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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