Chengdu día 3

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Me trepé al metro de milagro, estaba eso más atascado que Tacubaya en hora pico con lluvia, cada tren que llegaba solo cabía una persona más. Ahí, arrejuntada con las miles de almas me fui hasta la estación de trenes. Siempre viajo con un plan, o un tour, pero está vez quise hacer todo sola, valerme por mí misma, sin instrucciones y ahí estaba comprando boletos de tren hacia Lashan para ver a un Buddha gigante.

Me subí a un tren limpio y ordenado, que fue pasando por bosques verdes verdes, campos de arroz se extendían entre los árboles y el cielo azul enmarcada el paisaje. Que lástima que los trenes no son nuestro fuerte, me encantaría poder viajar en tren así en México. Después de una hora llegué a Lashan, tomé un camión que me depositó en la entrada del santuario y me metí. Fui siguiendo a las hordas de personas, de un lado tenía paredes llenas de musgo y escrituras chinas y del otro el río, rojo, con aguas tranquilas, a lo lejos se veía la ciudad. De pronto el tránsito se atoró y me vi metida en una fila inmensa para bajar a ver al Buddha gigante. Pasé una hora formada, bajando escaleras empinadas, entre selfie sticks y un calor de 35 grados sin una sola sombra que me protegiera del sol ardiente. El Buddha de Leshan mide 71 metros y fue construido porque un monje quería que las aguas del río se calmaran y dejaran de volcar a las embarcaciones, se tardaron muchísimo en terminarlo pero al final, sacaron tanta tierra de la montaña, la echaron al río, cambiaron la corrientes y se volvió seguro. No encuentro una mejor definición del dicho "dios dice ayúdate que yo te ayudaré". Sus propias acciones cambiaron el destino de su ciudad.

Aquí prendí un incienso para dar gracias por haber terminado este periodo de miedo, angustia y odio en el que estuve de octubre a casi mayo, me siento por fin en paz, sin miedo, se que aunque siguen queriendo lastimarme todo depende de mi y no tengo miedo de lo que puedan hacerme, no importa que sea. Salí del Buddha para según yo irme, pero no, me esperaba más de hora y media de recorrido de subida en un bosque hermoso, como me fui a lo menos turístico estaba sola, sola en un sendero tallado en la montaña rodeada de árboles con el sonido del río de fondo. Así llegué a una aldea de pescadores en donde vendían lo que sacaban del río, tenían una especie de ajolote gigante, camarones, peces, todo vivo en como contenedores listo para venderse. Comí unos noodles y supe el precio gracias a que Matthew un amigo me estuvo enseñando los números y como se dicen con la mano, todos me veían sonriendo sin entender que hacía yo ahí sola en medio de la nada. Hice mis primeros amigos cuando me intenté tomar una selfie y albañiles curiosos fueron a ver qué demonios estaba yo haciendo, así que mejor me tomé la foto con ellos y salieron con cara de qué pedo.

Así subí y subí y subí sola, en un bosque espeso e increíble, subí con el calor mitigado por los árboles y con el sonido de los grillos de fondo, hasta que llegué a un monasterio solitario en donde entré a una sala en donde un monje escribía en silencio, la sala estaba repleta de esculturas de monjes, todas eran diferentes y son lo más chistoso del mundo, los monjes salían haciendo caras, riéndose, enojados, de todo, casi 300 monjes inmortalizados en estas esculturas caricaturas me observaban mientras pasaba. Salí de ahí tras media hora de bajar en medio del bosque, un señor en moto me fue a botar a una parada de camión polvorosa, se supone que tenía que tomar el 3 pero llegó el 13 y dije seguro es igual y ahí fui a treparme. No, no era igual, llegué hasta la última parada en medio de la nada, era como un suburbio elegante de Leshan, estaba a 10 kilómetros de la central de trenes, no había taxis, camiones, nada, no me quedaba más que caminarle y desear lo mejor. Vi un súper y me metí. Si algo me gusta en la vida son los supers, siempre que viajo veo esto si o si: librerías, supers, tiendas de flores, jardines botánicos, perros, gatos, mercados.

Compré munchies raros y unas papas con limón esperando el sabor acidito de México. Acá nada es ácido, tanta grasa con chile ya me tienen cansada, eran dulces. Ni modo. Ahí andaba yo perdida comiendo mis papas como si un pobre Gringo estuviera tratando de salir caminando de Interlomas cuando un taxi que iba con pasaje se apiadó de mí y me recogió en medio de la nada, dejamos al pasaje y tras media hora de manejar me dejó en la estación de trenes. Regresé a Chengdu cansada pero feliz, estuve paseando por el río sintiéndome tranquila y contenta. Siento que cada vez me veo más bonita, y se que suena horrible porque siempre nos acostumbran a no decir cosas buenas de nosotros, como si estuviera mal. Pero estoy trabajando en esto que se llama quererse a uno mismo y aprender a reconocer tanto lo bueno como lo malo que tengo, llevo un rato en terapia desde mis incidentes con mi ex novio y mi stalker, durante más de un año me tiré a la caca, no ejercicio, no cuidarme, comer fatal, se me cayó el pelo, se me hizo gris la piel, engordé, me salió celulitis. El cuerpo resiente lo que le pasa a nuestro corazón y lo refleja, yo no estaba en mi mejor estado, pero ahora sí lo estoy. Y me gusta cómo me veo, y aún estoy trabajando en mi, y reconstruyendo el daño emocional y físico que me causaron esos meses de angustia, me siento cada día más feliz y plena y bonita. Porque estoy más bonita por dentro y he replanteado mis valores y lo que quiero en la vida y he aprendido a poner límites, aunque le duela a la gente que está cerca, y me he aprendido a respetar, querer, a cuidar.

Estuve junto al río dándome cuenta de esto y me sentí muy feliz. Cené pizza porque YOLO y regresé a empacar y lavar lo último. A las 6:30 sale mi vuelo al Tíbet. No espero nada de este próximo destino, no he averiguado, planeado o investigado nada, voy con un tour porque no puedo ir sola, está prohibido. Espero que el destino me tenga algo increíble preparado.

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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