Incomodidad espiritual

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El 12 de Septiembre llegué al Tíbet, sin ninguna expectativa, sin siquiera saber que carajos hacía ahí, no soy budista, no tenía particular interés por lo que había pasado después de la invasión de China, ni siquiera sigo al Dalai Lama, simplemente llegué porque mis conocimientos básicos de geografía son una basura y en mi mente tonta pensé que si ya estaba en Japón por qué no ir también al Tíbet, que es el equivalente a decir “Ya que ando por México estaría bueno darme una vueltecita a Brasil”.

Pues total ahí fui a dar, sola, con un tour del que no investigué nada. El primer día me enamoré de Lhasa, es difícil no hacerlo, la ciudad es espectacular, la gente es divina y el cielo azul intenso te envuelve e hipnotiza, ahí estaba yo del otro lado del mundo, embobada con sus ventanitas decoradas y sus miles de puestos con banderas tibetanas. Y empecé a conocer el Tíbet, platicar, a aprender, a entender, el Tíbet me envolvió con su manos delicadas y caí como una adolescente enamorada.

Es díficil describir lo que se siente allá, esa paz infinita, esas ganas de sonreírle al mundo, las tibetanas piensan que soy guapa y yo pienso lo mismo de ellas, así que aprendí como decirles “eres muy bonita” en tibetano, de pronto mis días se llenaron de sinceros “eres muy bonita” de ida y vuelta, de hombres que me sonreían sin nada de mala onda ni segundas intenciones, de Tashi Deleks (hola tibetano que significa bendiciones y buena suerte) rodeada de personas que dedican su vida a la oración me sentí feliz como nunca en la vida. Era ligera, estaba en paz.

El sismo ne agarró en Lhasa y sin más me trajo de vuelta a la realidad, pegada al teléfono para ver las noticias pensando que mi ciudad estaba completamente destruída logré cambiar mi boleto y regresar a mi país, poco a poco el ecnanto tibetano se fue borrando, entre enojos por la corrupción, ganas de pegarle a gente tonta que tuiteaba cosas sin sentido, llegar a México y ver lo increíble de la ayuda pero también la ineptitud del gobierno y las ínfulas de grandeza de quienes se autonombraron líderes de centros de acopio, el tráfico, la rudeza, el aventarte los coches, la Ciudad de México se robó lo último que me quedaba de paz.

La redes sociales me mostraron el lado horrendo del hombre, comenzaron los insultos, el sarcasmo, las groserías, lo de siempre pues, llegó el machismo, las burlas, las malas noticias, y me sentí en un tornado que me arrastraba inevitablemente hacia un lugar oscuro al que no quería regresar. El problema aquí es que ya he vivido la paz y la alegría ya se lo que se siente, y regresar a este agujero no me está sentando bien. Fui a mi terapia buscando respuestas ¿Cómo consigo esa paz de nuevo? ¿Cómo me mantengo en ese estado de alegría y buena ondez en esta ciudad? Mi piscólogo no supo orientarme. Fui a un centro budista en busca de respuestas, necesito herramientas, necesito ayuda, le dije a la señorita. Cuando vi el altar que tienen en la sala de meditación me puse a llorar como una loca sin poder explicar la razón, y me fui de ahí llorando prometiendo regresar, dejando pagado un mes de clases de budismo y meditación.

He podido ir sólo dos veces porque los horarios son raros, pero en esas dos veces no he encontrado lo que buscaba, estoy hoy en mi mejor momento, mi empresa va bien, mi estilo de vida me encanta, he aprendido a quererme, por fin acepto mis defectos y me caen hasta bien, encontré mi dirección profesional y estoy dando pasos gigantes para lograr mis metas, pero nunca me había sentido tan perdida. Hablando con mi terapeuta le dije que siento que retrocedí, antes del Tíbet estaba feliz, más segura, más centrada, más prudente, más confiada, regresando comencé a volverme agresiva, grosera, mala onda de nuevo, estoy en una crisis espiritual como nunca antes lo había estado, y es que es tanto el enojo por lo poder estar en el estado de felicidad tibetana, que me estoy yendo hacia el lado contrario.

Y aqui estoy intentando encontrar como regresar allá, a ese lugar que me cambió la vida, porque una vez que experimentas esa paz no la quieres dejar ir, perderla duele, duele hasta en los huesos, no ser capaz de encontrarla de nuevo es frustrante, me ha pasado por la cabeza la loca idea de irme a vivir allá, pero no creo que sea la solución, tengo que encontrar la forma de vivir esa paz aquí, aunque sea más difícil, tengo que poder, ya sé como se siente, siento que el camino ya está trazado porque ya lo viví, sólo tengo que encontrarlo de nuevo y regresar. Mientras tanto aquí sigo, en medio de esta incomodidad espiritual, eliminando de mi vida a todo y todos los que me hacen ruido como si fuera yo un jardinero con tijeras de podar, a unos los saco de raíz, a otros sólo los corto rápido, sin darles oportunidad de dar explicaciones ni de regresar.

Los caminos espirituales son complicados, aprender duele, aprender cuesta, aprender requiere esfuerzo, lo que hoy se, es que no importa que tenga yo que hacer o cuanto trabajo me cueste, encontraré la forma de regresar a esa felicidad que me iluminaba los ojos porque ya la viví, ya sé lo que se siente, no quiero seguir viviendo si tengo que vivir de alguna otra manera.

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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