Lhasa día 1

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Llegué a un Lhasa dorado, la móntalas reflejaban el sol haciendo que todo se viera amarillo desde el cielo. Un tibetano buena onda me estaba esperando, me trepó a un camión y ahí nos fuimos recorriendo un camino enmarcado por las montañas verse claro y el cielo azul intenso. Hace un frío del carajo y una mujer insistía en tener la ventana abierta. Tiritando con el pelo revoloteando fui descubriendo el Tíbet desde la ventana de un camión con un guía tibetano dormido a mi lado.

Mi guía me dejó en el hotel y fui libre, salí a explorar Lhasa encantada de estar aquí, toda la ciudad es un encanto, sus edificios blancos con ventanitas de madera de colores la hacen ver cómo de otros tiempos. Las tibetanas con sus ojos rasgados y su piel morena andan con unos vestidos largos, delantales de rayas, sombreros y tapabocas. Esa costumbre asiática del tapabocas. Por todas las calles van girando un como cilindro con una cadenita que da vueltas, o traen sus cuentas de oración en la mano, tiendas y más tiendas venden artículos budistas, malas, mandalas, banderas, pulseras, todo es de colores, todo es hermoso. Hay también tiendas con los hábitos de los monjes, carne de Yak colgada en tubos espera a sus compradores, su olor rancio a grasa y a animal no castrado impregna todo el ambiente. Vendedoras de té exhiben su mercancía, señoras con telas extendidas en la banqueta venden manzanas, ciruelas y granadas. La ciudad descansa bajo un cielo de un azul intenso plagado de nubes blanquísimas. Quise comerme todo para llevármelo dentro. Entré a un café y pedí un café con leche, de fondo sonaba despacito, ni el bendito Tíbet se escapa.

Pasé la mañana chachareando, caminando, descubriendo, llenándome de Lhasa, recorrí sus calles, me detuve mil veces a ver la pintura de sus ventanas, tomé 200 fotos de lo mismo. Me hice amiga de un perro chiquitín y estuve tirada en la calle jugando con el, los tibetanos pasaban y me tocaban el hombro para que volteara, cuando lo hacía me regalaban una sonrisa. Les causa gracia que esté ahí con un perro. Me despedí de mi amigo perruno y me metí a un restaurante con una vista hermosa, pedí jugo de coco, curry de Yak y ensalada de pepino. Mucha gente entraba, veían que estaba lleno y se me paraban en la mesa como queriendo quitármela, una China hasta se sentó. Yo no sabía que hacer así que mejor evité el contacto visual, hice como que no notaba que tenía a 15 chinos viéndome fijamente para ver si les daba mi mesa. El Yak sabe fuerte, como cordero viejo, los pepinos estaban horrendos pero necesitaba algo fresco. Caminé un rato por la calles encontré un lugar de manicure y me hice uno por 200 pesos y es de los mejores que me han hecho en la vida, regresando del Everest voy a ir otra vez. Las tibetanas usan unos vestidos como kimonos divinos obvio soy una cursi y estuve buscando uno, resulta que son a la medida. Ya tengo un sastre que me está haciendo uno, rosa claro con el cuello rosa fuerte. A la siguiente boda que me inviten me lo voy a poner.

Según yo la altura no me había pegado pero obviamente si, me dormí una siesta para calmar el dolor de cabeza y salí a tontear, encontré un lugar hermoso y me senté, pedí cordero y una cerveza. Me llegó un plato gigante pero cuando intenté comer era puro hueso, en serio, hueso y pellejo duro. Ni un solo bocado de carne saqué de ese platote, no me importó, estuve ahí platicando con un gato, escribiendo en mi diario y pensando. Luego me fui a dar vueltas por ahí. Entré a una calle llena de seguridad donde a todos les pidieron sus identificaciones menos a mi, un río de tibetanos se dirigía hacia un lugar, con pasos firmes y determinados iban rezando con sus cuentas o sus rollos de oración. Otros más iban como haciendo burpees con unas como tablas en las manos, así iban recorriendo el camino hasta llegar a un templo donde todos estaban haciendo esos como burpees/postraciones y orando. Me quedé viéndolos un rato sin entender nada y regresé a mi hotel. En el camino vi a un perro subirse a una moto como sin nada, a muchas señoras vendiendo fruta y a gente orando feliz.

El Tíbet es mágico, no puedo esperar a mañana que por fin tenga un guía y pueda hacerle toda mi listota de preguntas. Amo esta ciudad han bonita, toda pintada de colores, amo a los tibetanos todos lindos, los vestidos de las tibetanas, las calles, la vibra, el cielo azul.

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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