Lhasa Día 3

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La cita fue temprano, el Potala Palace era la residencia del Dalai Lama y es un reto entrar para los turistas. Los tibetanos tienen libre acceso a todos los lugares pero los occidentales no, hay cupo limitado y un horario en el que puedes entrar, una vez dentro sólo puedes permanecer ahí una hora, si te tardas más multan al gúia y a la agencia de tours la penalizan con un mes sin poder llevar gente.

En este palacio vivió el Dalai Lama hasta que tuvo que huir a la India después de la invasión China, tiene 2 partes la blanca en donde vivía el Dalai Lama y la roja dedicada a la oración y el estudio. Muchas partes están cerradas y no te dejan tomar fotos adentro, los tibetanos no tienen tema con eso, pero los chinos si, para los tibetanos es importante que se tomen fotos y se compartan con el mundo para difundir la cultura tibetana.

Lo que más me gustó del Palacio fueron sus flores, tienen dalias del tamaño de mi cabeza de todos colores contrastando con el cielo azul y las nubes blanquísimas, los tibetanos de todas las regiones visitan el lugar todos arreglados con sus ropas tradicionales, hay de todo, desde peinados complucadísimos de trencitas que se unen al final en una especie de tapete hecho también con su mismo pelo, hasta unos que parece que los atacó un oso, y huelen a oso porque no se han bañado en una eternidad. Todos vienen a profesar su fe, a dar gracias, a ofrecer mantequilla y a meditar o rezar. Todos son hermosos. Amo sus caritas con cachetes rojos y ojitos razgados, amo su pelo negro brillante y su ropa colorida, amo su fe perpetua, su tranquilidad, su paz, su sonrisa, su forma de ir por la vida siguiendo miles de rituales chiquititos pero llenos de significado.

Todo tiene una razón de ser en el mundo tibetano, hay un Buddah para todo, masculino o femenino, de colores disintos, a cada uno se le venera de una manera especial, hay libros de oración, rollos de oración, cilindros de oración, hay ofrendas de mantequilla, hay cuencos con agua que deben ser 7, hay superticiones, formas de acercarse a los diferentes altares, hay colores que cambian todo, hay banderas, hay pompones de colores, hay lugares sagradísimos, lugares sagrados y lugares no tan sagrados, hay utencilios especiales para todo, hay motivos, hay razones y hay un esfuerzo que se ve natural a fuerza de ser repetido miles de millones de veces a lo largo de una vida de oración constante.

Para mi esto es tanto hermoso como abrumador, quiero aprender pero no encuentro el inicio de la madeja, no se por donde empezar, supongo que es igual que el catolicismo visto desde afuera, pero como llevo toda mi vida inmersa en el me parece normal. Hice miles de preguntas, sobre cada cosa que veíamos, cada pintura insignificante tiene un simbolismo, cada sala esconde un secreto, había unas esculturas perfectas hechas con mantequilla, ¡MANTEQUILLA! Obras de arte que si un día les pega el sol se destruyen, y tomaron horas de esfuerzo y trabajo, mandalas hechos con arena que igual, se destruyen con un soplido. El budismo es como la vida, todo es tan frágil, hasta lo más hermoso, complicado e importante que existe en nuestra vida es frágil como un algodón de azúcar que parece perfecto pero si le cae agua desaparece.

Y lo que más me gusta de esta gente es que están conscientes de eso y viven una vida feliz sabiendo que no durará, aprecian lo que sea que dure, sin presiones, sin apegos, sin angustia, es francamente admirable la forma que tienen de ver el mundo.

Este día conocí a los que serían mis compañeros de viaje, Simon y Judy una pareja increíble que están viajando por el mundo un año como luna de miel, Richard y Kai, papá e hijo de Canadá que después seguirán explorando China en bici, originalmente Simon y Judy no vendrían con nosotros pero nuestro guía es el mejor de todo el Tíbet y les encantó así que cambiaron su itinerario para venir con nosotros los próximos días, así el grupo estaba formado.

Por la tarde fuimos al momasterio de Jokhang ue está en medio del centro histórico de Lhasa, ahí vimos a más Budhas, más mantequilla ardiento y más devotos, la gente le da vueltas al monasterio todo el día, algunos haciendo una espcie de burpees tibetanos, Norbu mi guía nos explicó que no hacen para expiar sus culpas, si fueron malos, dijeron mentiras o desearon el mal antes de ser conscientes, o cuando eran niños, esto les ayuda a borrarlo, ¿Cuántos tienen que hacer? pregunté, los que les dicte su concienda, respondió Norbu, cada uno sabe lo que es necesario hacer para sentirse bien. Y así observando a los cientos de tibetanos hermosos rezar, dar vueltas a sus rollos de oración o encender incienso, aprendimos un poco más sobre el budismo.

Norbu nos llevó a una zona en donde es bueno comprar y no te van a ver la cara, estuve paseando entre tiendas de queso tibetano, que parece más bien como el calcio ese que se les da a los pericos, lo secan en formas distintas y lo venden en montoncitos, vendedores de carne de yak con su olor rancio y penetrante exhibían sus piezas, banderas tibetanas, pulceras, malas, hábitos para los monjes, botas, vestidos, y de todo un poco era exhibido en este tianguis inmenso que es el centro de Lhasa.

Después de descansar un poco fuimos a nuestra cena de bienvenida, compartimos muchas verduras, papas, pollo, yak, arroz y col en esalada junto con una cerveza de medio litro por persona, platicamos de la situación del mundo, de nuestros planes, de la visión que tenemos de la vida y de muchas otras más que los viajeros comentan en sus primeros días en un lugar nuevo, agotados, nos fuimos a dormir listos para nuestra siguiente aventura: Shigatse

Este día me hizo ver como poco a poco el Tíbet se metía a mi sistema, me siento feliz  aquí, con su gente y su cielo, con sus banderitas y sus oraciones, no quiero soltar esta paz tan bonita, esta felicidad suavecita, este reencuentro conmigo y con lo que quiero ser. Ver sus calles llenas de comercio, sus ventanitas decoradas y a sus niños uniformados con esos uniformes chistosos azules blancos y amarillos con corbata roja me encanta, me encanta la vibra, el amor que se respira aquí, me encanta este lugar como pocos me han gustado en este mundo.

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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