Moulay Idriss 20 de septiembre

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Me levanté a las 6:54 tenía que estar 7:15 desayunando. Siempre que viajo me baño en la noche para ahorrar tiempo y sueño en la mañana. Así que estuve lista rápido, dejé mi maleta empacada y bajé a desayunar. Ahí estaba Krystle con Holly, me senté a comer un huevo duro, aceitunas, café y pan, no es el mejor desayuno pero de algo servirá,

El guía nos dio dinero, explicaciones y la bendición, el taxi debe costar 20 DH, la entrada es así, hagan tal y tal y aprendan a negociar porque si no no les va a alcanzar el dinero. Nos fuimos las 3 armadas de valor, en este grupo yo soy la negociadora, me puse a alegar en francés hasta que conseguí la tarifa justa, y ahí nos fuimos a la mezquita. Las puertas se abren cada hora. No puedes llegar así por tus huevos y meterte, así que había que estar a las 9:00 ya con nuestro boleto comprado y sin zapatos. Ahí estuvimos todos, una guía simpática nos llevó a conocer la mezquita por dentro, por ser tan temprano estábamos casi solos.

Esta cosa es INMENSA, la hizo un arquitecto francés con 6,000 trabajadores, fue hecha porque Casablanca necesitaba un símbolo así de grande y porque Hassan II celebró su cumpleaños con ella. O sea que básicamente hizo que el pueblo le regalara un templo de miles de millones de dólares. El techo de esta mezquita se abre cuando el clima está bien, pos oye, alberca a 25,000 cabrones rezando. ¿Saben a lo que debe oler eso? Si no se abre el techo se asfixian. Los pisos tienen un sistema de calefacción y hay pedazos de piso de cristal para que puedas ver donde se hacen las abluciones. Todo tiene diseños intrincados, grandes candiles iluminan esta obra majestuosa y desde las ventanas se puede ver el mar.

Bajamos a la sala de abluciones donde hay muchas fuentes de donde brota el agua para lavarse, deben estar limpios si quieren orar, también hay un Haman que no se usa sólo sirve para exhibición. Moh el guía nos había pedido que llegáramos al hotel a la 10:00 lo cual fue casi imposible, los taxis querían cobrar 50 DH y alegaban que sólo podían llevar a 3, por fin no sé qué le alegué al hombre que nos cobró 40 DH y nos trepamos las 4 antes de que pudiera decir nada. Una vez junto el grupo nos pusimos en camino hacia el tren. El camino a la estación de trenes es corto y desangelado, como toda Casablanca si la ves con ojos poco entrenados para encontrar la belleza de lo cotidiano. Moh nos compró boleto en primera clase lo cual agradecimos.

La primera clase marroquí no tiene nada que ver con la europea. En cabinas de 6 asientos de colores con un pasillo para caminar y un calor de los mil demonios. Avanzamos lento, tan lento que sentía que hasta los gatos nos rebasaban, pasamos por paisajes áridos con algunos árboles desperdigados, ciudades grises y descarapeladas y cielos azules azules. Intenté dormir pero no pude.

El paisaje empezó a cambiar poco a poco, dejando atrás los áridos valles para darle lugar a lo verde. Campos enteros llenos de vegetación de diferentes tonos se extienden hasta donde la vista alcanza, los olivos son los principales árboles de la región, aunque también se ven higos y eucaliptos. Llegamos a Meknes en medio de un calor abrazador, esta ciudad no es gris, es amarilla. Las palmeras nos recibieron y las bardas llenas de bugambilias me hicieron sentir que estaba en una Cuernavaca exótica. Mercedes Benz viejitos se arremolinan afuera de la estación para conseguir pasaje, ¡Como en las películas! nos subimos en 3 y emprendimos nuestro camino a Moulay Idriss.

Casas amarillas se van apareciendo conforme avanzamos, el cielo azulísimo contrasta con ellas haciendo de esto un cuadro hermoso, las enredaderas cubren todas las bardas, llenando el espacio con sus colores, justo cuando empezaba a acostumbrarme salimos al campo. Nopales y Agaves se pueden ver en todo el camino, aquí usan el Agave para hacer tela, y los nopales sólo por las tunas. Marruecos y México son más similares de los que creen. A los 40 minutos llegamos a una ciudad que se construyó en una montaña, pasamos por el mercado lleno de gente, gritos y comida y llegamos a nuestro destino.

Un pobre burro escuálido nos veía con cara de paciencia, los usan para ayudar a subir las maletas de los visitantes porque las calles son empinadas y muy angostas, no hay coche ni moto que pase por ahí, tiene que ser a 4 patas. Todos vimos al pobre burro con compasión, le acariciamos las orejas y decidimos cargar nuestras propias maletas. Si nosotros habíamos decidido empacar tantas chivas era nuestra responsabilidad, no la del burro. Pos total ahí fuimos, subimos muchas escaleras hasta llegar a un callejoncito, todas las paredes están pintadas mitad blanco, mitad azul, mal hecho, salpicado pero encantador. Después de un rato llegamos al hotel que es un riad, o sea una casa en donde la familia te atiende y cocina, por lo mismo no puedes estar haciendo escándalo y llegar tarde ya que la familia se duerme y hay niños.

Nos recibieron con té de menta, el tradicional de Marruecos y repartieron los cuartos, el mío es junto al comedor, tengo una cama grande un baño diminuto y unos mosaicos que te mueres en todos lados. Todos se quedaron platicando y yo me fui a dar una vuelta por la ciudad. Es realmente chiquita, hay que recorrer callejones llenos de escaleras y gatos para llegar a la plaza principal, ahí hay una mezquita y un mercado donde venden velas y artesanías pero también aceitunas, higos secos y barro. Es realmente un espectáculo ver los puestos con sus aceitunas de colores en montañas de bolitas brillantes, los higos son de muchas formas, enteros, atados en un hilo como rosarios o abiertos hechos muégano, los cafés están llenos de hombres que te ven pasar con una mirada seria, bajo la sombra de los arboles verdes verdes disfrutan su shisha y su café sentados en hilera unos junto a otros todos viendo a la calle.

Si sigues tu camino llegas a puestos de comida, me senté en donde fueron más amigables y pedí bolitas de carne. En realidad son como cilindros pero bueno, los tienen en pequeñas parrillas en donde los presionan con jitomates y cebolla para después ponerlos al fuego. Las comí feliz bajo la mirada atenta del mesero que se ve que es re penoso para tratar con mujeres. Acabé y pagué los 20 DH correspondientes y regresé al hotel a dormir 10 minutos.

Magid nos esperaba con su sonrisa sabia para guiarnos por la ciudad. Es un hombre bonachón de unos 50 años que se ve enamorado de Marruecos. Primero nos enseñó la mezquita, aquí no pueden entrar mas que musulmanes, en la entrada hay una viga que obliga a todo visitante a inclinarse para alabar a Allah, Idriss era descendiente directo del profeta y fundador de Marruecos, esta es una ciudad santa que recibe muchos peregrinos. Acabando esto nos puso a caminar como ciudad arriba, llevándonos por callejones imposibles, mientas subíamos noté que el color de la parte baja de las paredes iba cambiando, Magid nos contó que es lo que distingue a los diferentes distritos, la mayoría usan tonos de azules, es responsabilidad de los jóvenes mantener las paredes pintadas, los ayuda a tener sentido de comunidad y responsabilidad, entre alegres gritos se les puede ver con cubetas y brochas cubiertos de manchas turquesa correteándose mientras pintan su ciudad. Se me hizo algo hermoso, ya que al ser tu mismo responsable de mantenerla bonita seguro la cuidarás más.

Hicimos una parada en la panadería, no podrían creer la cantidad de pan que comen en este país, lo meten al horno y cuando está listo lo avientan a un pedazo de cartón, la gente hace filas enormes para comprarlo, fresco es una delicia por eso tratan de tenerlo recién salido del horno. Me encanta caminar por estos pasillos cerrados en donde no ves mas que paredes y cielo. Es tan distinto a México con sus calles abiertas. Después de mucho caminar llegamos a la cima, desde donde se puede ver la ciudad y unas casitas hermosas con sus enredaderas verdes contrastando con el cielo.

En Marruecos la gente es muy discreta y no andan presumiendo, se pueden ver muchas casas por las que no das un peso pero por dentro son verdaderos castillos. Tienen dos puertas porque si abren la primera no se puede ver a la familia que está adentro, y como creen en el mal de ojo hay manos de Fátima en todas las puertas. Me gusta esa filosofía se me hace una buena metáfora de la importancia de la belleza interior. Magid nos llevó a ver el Hammam público, aquí en la mañana van los hombres en la tarde la mujeres, tiene 3 temperaturas, caliente, tibia y fría y una alberca, aquí las mujeres vienen para enterarse de lo que pasa en el pueblo pero también a buscar a la futura esposa de sus hijos, tiene que ser guapa, educada, saber cocinar y ser buena niña, una vez escogida se arregla el matrimonio. Esta vez estoy decidida a ir al Hammam, no voy a dejar que me pase como en Turquía que me lo perdí por mensa.

Magid está muy angustiado por mi pie, le dije que no se angustie que soy como cabra y puedo con estas escaleras y más, de todas formas va enfrente de mi para que me detenga de sus hombros, es un señor mágico. Emocionados bajamos de nuevo a la plaza donde yo había estado en la tarde y regresamos al Riad a cenar. Como es una casa la señora cocina, estuvimos viéndola preparar el cous cous que es más laborioso de lo que pueden imaginar, primero lo moja y lo separa con las manos haciendo como molinillo para que absorba el agua y no se peguen los granos, una vez que dobla su volumen lo pone a cocer con el vapor de unas verduras que tiene hirviendo en una olla, pasados unos minutos lo saca de nuevo y vuelve a separarlo. Así 3 veces hasta que queda listo, lo sirven en grandes platos acompañado de carne y verduras. Esta vez fue con pollo, además nos dieron ensalada de jitomate con pepino, sopa de jitomate con garbanzos, bolitas de carne con huevos estrellados y cilantro y por supuesto té.

Aquí el té se toma dulce, una familia puede llegar a consumir 2 kilos de azúcar a la semana sólo para el té, lo curioso es que no son diabéticos. Aquí ni en Europa he visto  nunca stevia, splenda y esas cosas, toman azúcar como la gente normal y punto. En la cena Moh nos contó historias de su familia Berber, en Marruecos hay muchos tesoros enterrados, pero los ladrones no los sacan por temor a los Djins o demonios, pero si consiguen la sangre de una persona pura pueden calmar al demonio y llevarse el tesoro, una persona pura tiene las líneas de las manos diferentes en cada mano, él es puro según los berbers y muchas veces de niño trataron de secuestrarlo para poder usarlo para sacar tesoros, unas veces el Djin sólo pide un poco de sangre otras la vida completa.

Como cenamos mucho decidimos salir a caminar, ahí conocí a Riaj que me compró unas frutas hermosas que amé más por sus colores que por su sabor, me agregó a Facebook y nos contó que se quiere hacer un tatuaje aunque lo corran de su casa, ama el inglés británico, quiere tener amigos para practicarlo y una novia para tener visa y poder salir de aquí. A sus 21 años está lleno de vida y parece un loco. Por decisión unánime, dejamos a Riaj que no podía creer que no quisiéramos acompañarlo a tomar té.

Con historias de Djins y paredes hermosas de colores me fui a dormir feliz de estar aquí. Amo Moulay Idriss, sus calles pintadas de colores azules que contrastan con el cielo, amo sus laberintos, su gente con sonrisas sabias, sus viejos tomadores de café que te clavan los ojos al pasar, sus aceitunas, sus leyendas, sus gatos miedosos y escurridizos, sus jóvenes sonrientes corriendo con pintura, su sentimiento de comunidad, su orgullo, amo que sus familias prefieran tener la belleza en el interior que en el exterior, amo sus puertas y amo su vibra.

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