Taipei día 2

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No tenía nada planeado para este viaje, así que me puse a caminar a ver que salía, desayuné leche de soya caliente con azúcar y un pancake de huevo en un lugarcito tradicional lleno de taiwaneses que me veían con cara de "esta que hace aquí". Con señas fui diciendo que quería. Con el tiempo he aprendido que existen solo 3 palabras y 2 gestos que te abrirán todas las puertas. Si viajo se decir en el idioma hola, por favor y gracias. Si a eso le sumas una inclinación de cabeza y una sonrisa ya estás del otro lado. La sonrisa es universal y casi el 100% de la gente responde de forma positiva a ese gesto. Llegué de casualidad a un lugar medio abandonado y al subir al Food court encontré una cola gigantesca, averiguando supe que es el mejor lugar para desayunar de Taipei, lo anoté en mi lista y me fui de ahí buscando aventura.

Resulta que si uno quiere un café en Taipei hay que esperar hasta las 9:00 en fin de semana, si, nada de que café tempranero, chance Starbucks abre antes pero me rehuso a ir ahí como turista gringa cualquiera. Además el café es caro, 90 dólares taiwaneses mínimo, a veces más, unos dumplings cuestan 60, ahí pa que se den una idea.

Me gusta deambular por Taipei sin saber que hacer, lo único malo es que las calles son inmensas y las distancias largas, a veces me trepo al metro que amo con locura porque es bien amigable, así llegue al Menory Hall que estaba lleno de turistas asiáticos tomandoE fotos con un iPad en selfie stick. Si, the ultimate tía selfie. Traté de ir a un templo famoso y era una cosa ahí equis con viejitos sentados viendo al vacío, me metí a un súper y ahí si agárrense, como Bodega Ahurrerá en quincena, hordas de taiwaneses compre y compre. Vi verduras increíbles, hongos para llorar de emoción, aguacates casi del tamaño de mi cabeza y sandías de la mitad de mi cuerpo, no encontré nada mexicano y me salí. Taipei no es muy turístico, fui a su jardín botánico que está como jardín de Tía, vi por primera vez una flor de loto en vivo y me dio mucha khemosion, luego fui a su museo de historia esperando aprender algo y comprar un libro de la ciudad, ni uno ni otro, pero vi vestidos franceses rete chulos fíjense.

Caminando llegué a una zona hermosa que se llama Dihua Street llena de telas y sastres que me recordaron a mi abuela, me imaginé vestidos increíbles con la telas todas suavecitas y floreadas, y de pronto PUM que se empieza a llenar de puestos y tienditas con comida seca, he tratado de buscarles especias a quienes me pidieron, pero no hay, solo hay mariscos secos y salsas raras. Caminando entre calamares disecados, montañas de mangos y arándanos, señoras vendiendo artículos decorativos chinos, puestos de comida, tiendas de té y gente comprando, me dejé envolver por esta ciudad mágica. Los locales con sus productos ordenados en frascos de vidrio te hacen sentirte comerciante de esos que viajaban por el mundo y llevaban mercancía exótica en sus barcos. Eso me habría gustado ser si fueran otros tiempos, comerciante, llegar, comprarlo todo, negociar, escoger lo más bonito o lo más raro o lo que crea que en mi país se vendería mejor, hacerme amiga del dueño, tomar té con el después de haberle comprado tanto, despedirnos con un apretón de manos y salir de ahí cargada de tesoros sabiendo que en unos meses volvería por más.

Imaginándome mi otra supuesta vida Marco Polezca recorrí esos pasillos entre música y murmullos, entre ni haos ahogados por el tumulto, entre olores, inciensos y gente haciendo fila. Como les gusta hacer fila a los taiwaneses. Pa todo se forman. Me senté en un lugar horrendo de esos que prometen comida deliciosa y pedí unos camarones que estaban para morirse, los comí sin prisa sentada en una mesa compartida, ya se me está haciendo costumbre ser la única occidental aquí. Xie Xie dije y salí a buscar más aventuras, más calles abarrotadas, más tiendas que me llenaran de emoción, así fui enamorándome de Taipei a cada paso, llegué a un lugar atascado y supuse que estaba bueno, me regañaron por algo que no entendí, no alegué me senté y pedí beef noodles. Llegó un plato humeante y delicioso, seguí a los locales y le eché una cucharadota de como algas y fui feliz. Aquí noté que nadie pide bebidas. Todos comen sin agua.

Después de una siesta gigante volví a salir a comer, visité 3 diferentes mercados callejeros, comí jugo de melón amargo, cangrejos como con ajo, una salchicha con pan de arroz y una vieira gratinada, estuve ahí dejándome envolver por esta ciudad que no duerme, por su infinita variedad de comida, por sus puestos llenos de patas de pollo negras y calamares horrendos, tofu fermentado, órganos, animales que no se sabe que son y frutas, muchas muchas frutas. Afuera del metro se reúnen viejitos vagabundos, les di mis sobras de comida y me regresé a dormir, estaba agotada, cansada de comer, de ver, de caminar, cansada pero feliz.

Esta ciudad es amable y buena onda, me hace feliz saber que un desconocido me vio mojándome y quiso regalarme su paraguas así porque sí, que puedo comer a todas horas, que los discapacitados pueden ir por el metro solos y ser independientes. Me hace feliz esta ciudad medio caótica y medió organizada, con gente que sale a comer llueva, truene o relampaguee. Buenas noches Taipei, ha sido un gran segundo día.

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La Fille terrible de la comida, comer es mi pasión desde que tengo memoria, me gusta descubrir sabores nuevos que provoquen orgasmos.

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